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CABOS     SUELTOS 

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Cabos Sueltos_5 En el internado: Catilina, manos blancas y blandas

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No me imaginaba que la conjuración de Catilina tendría que ver con mi vida años después. Catilina, a quién la monja de lenguas clásicas, delatín y griego, nombraba con cierta admiración contenida, e incluso, en ocasiones, con arrebato, como si Catilina fuera un amante perdido, cuyo señuelo hubiera quedado grabado en su espíritu, igual a una muesca de los pecados de juventud no cometidos, pero anhelados todavía; ahora, envejecida y torpe en sus movimientos, debido a su grueso tamaño, "la madre de Latín" se desplazaba por el aula con gran dificultad, sorteando pupitres entre el mar levantisco de nuestras cabezas adolescentes. Enfrente, en la pizarra verdosa, en gruesas letras blancas como un destello del cielo, estaba escrito el título de la traducción que íbamos a iniciar ese cuatrimestre: La conjuración de Catilina. Estábamos en sexto año, y Carmen y yo misma, teníamos ya algunos sueños.

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Por su parte, la madre se ensoñaba con Catilina muchas noches, estoy segura; yo también fantaseaba con ese Catilina malvado y conjurado, y lo veía, incluso más atractivo que al padre de MJ, al que algunas mañanas espiaba desde la ventana de mi habitación, era de por sí guapísimo y moreno como a mí me gustaban, aunque tenía un aire familiar de padre que lo estropeaba todo.

Así que elegí a Catilina, bello, desafiante de normas y leyes, un don Juan romano con toga y laureles, o no, simplemente Catilina contra el poder establecido de cónsules y senado (a los que veía viejos y fofos tras sus túnicas).

Estaba fascinada por ese ser intrigante y lejano, cuya maldad en ningún caso podía alcanzarme. Como una posesa, repetía la famosa frase que me gustaba tanto, incluso su sonoridad me hacía sonreír en las noches lentas del internado: Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?

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Y pensaba en la avaritia, y el deseo de imperium, conceptos latinos cuya explicación no llegaba a comprender completamente en ese momento, como lo haría más tarde; mejor, como lo experimentaría  en mi madurez.

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Al menos el malvado Catilina y sus conjurados eran audaces, y, quién sabe si Catilina no era hermoso en sus hechuras de hombre, y no como el Chiquilicuatre corcovado, y su rebaño de horribles acólitas, acosador@s que siguen las pautas establecidas de sus manos blandas y blancas, manos que después se posan en los papeles, y controlan con "avaritia" y deseo de "imperium" los registros RDA ¡Madre mía, RDA! : etiquetas 336, 337 y 338, y las manosean... para luego volver una y otra vez a la CDU y a todos sus recovecos y apartados. Detrás de los cuales se esconden las manos blandas y blancas de Chiquilicuatre, seguidas por los pares de manos blancas y blancas de SeñaCalida, CDCin, sus Acólitas, y Acolitinas; manos que ahuyentan cualquier tipo de esperanza.

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Yo rezaba en mi rebeldía así: “Catilina, venga a nosotros tu Reino”.                                              

Y no este,  regido por manos blandas y blancas que estrangulan, despacio, la calidad, y la convierten en moneda de cambio; manos blancas y blandas que rehílan las madejas de las Parcas con el único objetivo de causar enfermedad y daño.

 

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Cabos Sueltos_4 El caballero. Toledo. El cuadro, el entierro.

 

 La dirección en el membrete ponía en letras grandes solo esta palabra: TOLEDO.

 Eras tú, lo sabía. 

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 Sabía que eras tú: El Greco, ese era tu nombre, el nombre por el que todos te conocían en la ciudad, el nombre familiar cuando estabas en casa, rodeado de caballetes y pinceles.

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 Sabía que eras tú quien había mandado aquel oscuro sobre. Me habías hablado en otra ocasión desde tu refugio pintado:

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 Había estado ese otoño en la llamada "casa de El Greco" como una turista más, aunque no era la primera vez. Aunque ya había visto antes ese cuadro, había algo oculto en ese lienzo que me hacía volver, algo irresoluto. A pesar de que hay muchas pinturas con iconografías de entierros, sólo a esta pintura la considero pagana en su completitud. Pero lo más importante: quería verte de nuevo.

 Aproveché mi viaje de trabajo a MD para desplazarme hasta Toledo, y hacerte una visita.

 

 Ese día fue diferente. Observé toda la escena con intensidad durante un buen rato, esta vez no quería que se me escapara ningún detalle. No importaba el tiempo. El grupo se fue, yo seguí absorta en la contemplación de esa magnífica obra. Más que dolor, tus ojos mostraban rebeldía, una rebelión profunda acerca de ese Cielo y Tierra que pactaban y copulaban un milagro (el mundo de arriba, regido por los espíritus, conmocionaba a ese mundo de abajo, regido por los humanos, mientras los poderosos de los bienes de este mundo asistían extraviados al espectáculo).

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 Sumergido, oculto entre la masa de hombres, figurantes vestidos de negro, manchas oscuras, permaneces ahí agazapado, atento.

 Los ojos de los personajes que te rodean se alzan arrebolados al cielo ante la magnitud de ese milagro, pero los tuyos no, tú me miras, buscándome. No crees en los milagros, ni siquiera en los que tú pintas; solo la eternidad de tu obra te salvará, Domenico. 

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 Estaba segura, ese cuadro es tu renuncia en la fe de los poderes terrenales y de esos otros llamados divinos, de esos mundos elevados, porque tú sólo confías en tu arte. 

 

  Hoy te recuerdo y te pido que me prestes algo de tu sabiduría. 

 Sólo hay música, sólo hay libros, sólo hay cuadros: hilos por los que puedes alcanzar el pasado y también el futuro, superconductores de ese tiempo ocultado que nos sumerge en la gloria infinita de la creación humana.

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 ¿Por qué me miras así, si eres afortunado? 

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​​​Cabos Sueltos_3 El cerebro de Koestler

 

Koestler se suicidó, tal vez porque se percató de que al cerebro humano, a su cerebro, con el que compartía sueños y desatinos, también a su cerebro, su propia evolución lo conducía al fracaso, y esto no tenía solución, al menos comprensible.

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 Luz, algo de luz…

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 Hay personas que ofrecen algo de esperanza con su luz, pero hay otras muchas que hacen que el mundo sea más oscuro, mucho más oscuro para mí.

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 Mi luz se debilita, y casi se apaga, casi consiguen hacerme desaparecer.

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 Luz, algo de luz…

 

 

​Cabos Sueltos_2  Madejas de amor

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 Los fantasmas del amor rehílan sus madejas con las que ataron a Ariadna y todavía me atan a mí.

Flojitas ya, pero a veces… A veces todavía puedo verlos rondar por mi cabeza, y yo detrás, devanando las madejas de amor, una y otra vez…

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¿Amor? ¿Pasión? ¿Lujuria?

Somos carne y necesitamos carne, luego viene todo lo demás…

 

“En principio fue el VERBO”

 

Yo que soy una Eva arrojada del Paraíso, os digo (sin ánimo de ofender):

“En principio fue la carne”.

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Cabos Sueltos_1 Van Gogh contra Van Gogh y la ciudad de cristal

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 Reflexiones sobre nuestra inconsistencia, o lo que viene a ser: la inconsistencia del lenguaje. Leyendo a Paul Auster, “La ciudad de cristal”, igual a una monja moderna (aquí no hay misales, ni tampoco celdas o cilicios, aunque podría ser una monja medio pensionista). Pero esta habitación, mi libro y mi sencilla cama blanca recuerdan la inmediatez y la austeridad de un convento y, como ellas -novicias o madres-, también siento el retiro; siento que estoy en un apartado o paréntesis temporal, ubicada de forma remota por un lapsus del devenir que me ha dejado varada en el hotel Ixx, cerca del aeropuerto de Ámsterdam.

 

 El viaje a los Paises Bajos a través del aire y de los cuadros: primero del atormentado Van Gogh, después de Rembrandt, Vermeer, Frank Hals y el gótico flamenco poblado de Vírgenes, no tan hermosas como las italianas; éstas del Norte gustan de abundantes melenas onduladas como el  agua roja, y de esas miradas templadas en sus anchas caras pálidas.

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 El nivel de vida es alto, se ven coches potentes: muchos AUDIS y MERCEDES, pero la ciudad es de las bicicletas que, como abejas atareadas, lo invaden todo. Bicicletas con cajones, otras más simples, con gente llevando ramos de flores, hablando por el móvil, llevando a sus hijos en el carrito delantero. La vida normal, no demasiado sofisticada, pues no quieren ser otra cosa, ni parecer algo diferente a lo que son: la vida, su vida se mueve aquí sobre dos ruedas.

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 Para el paseante/viandante/turista es un poco estresante: tranvías, bicis como enjambres, coches diversos, y el agua de los canales, todo un cóctel de elementos que no te dan sosiego y te desalojan de tu normal trayectoria, algo que no parece afectar a los ciudadanos de Ámsterdam que lo viven con soltura, inundan los parques con sus barbacoas y salen a las ventanas para colgar sus piernas libremente al aire mientras consultan sus portátiles, o toman el sol plácidamente en sus casas-barcos, amarradas en los costados de los oscuros canales.

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 El viaje no ha tenido profundidad emotiva, pasa por mi piel de forma suave. Al final lo que más me identifica con la ciudad son sus colores: el rojo y el negro, igual a nuestro “cachirulo”, y sobre todo la esencia del antiguo “Barrio Rojo”.

 Las mujeres en sus vitrinas parecen maniquíes que se mueven (el frío puede ser intenso en invierno) y, a la vez, se protegen: -¿de los humanos?-, detrás de esas lunas, como peces o mejor sirenas atrapadas por la lujuria/avaricia de otros.

-Belle de jour de Luis Buñuel en mi recuerdo-. Belles de jour que no asustan sin embargo, ni dan pena, pues no tienen la cara pálida, tampoco las melenas góticas onduladas de las vírgenes de las tablas flamencas de los museos.

 En medio de la placidez, de este sosiego burgués de comerciantes, tan solo roto por las belles de jour-sirenas del barrio rojo, nos circundan los omnipresentes canales, vayas donde vayas a tu alrededor hay agua, en cualquier dirección: Norte o Sur, tendrás que cruzar varios de ellos. El más importante es el Amstel, que como un espejo oscuro abraza la ciudad. En sus aguas se mira aturdido Van Gogh, aplastado por una realidad demasiado explícita de comerciantes y navegantes de orondas narices coloradas.

 

 Él solo quería pintar: pintar. Buscaba su camino como artista. Tal vez ni siquiera supo si lo encontró, pero el precio que tuvo que pagar por su osadía fue demasiado alto. No tuvo el reconocimiento de los otros, si acaso el consuelo fraternal de Teo.

Como un niño arrastra un Sol que sólo él puede ver, y siembra con su fértil imaginación la vida gris y burguesa de estas tierras bajas, con la pasión de un cielo verde y azul cobalto del hombre que se sabe abandonado, solo. Un hombre que avanza arrojando la semilla en una tierra yerma que luego fecundarán los imaginados girasoles.

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No sabemos apenas nada de su vida privada, ni si creyó alguna vez en la posibilidad de ser amado.:  “Van Gogh contra Van Gogh” porque al final todos somos víctimas de los demás que no perdonan al diferente: “Van Gogh contra Van Gogh” porque al final somos igualmente víctimas de nuestro propio cerebro enloquecido.

 

<<Y toda la tierra tenía una sola lengua y una sola habla>>- y el poder latente de una Humanidad unida enojó a Dios. <<Y el Señor dijo: Mirad, el pueblo es todo uno y tienen todos una sola lengua; y esto empieza a hacer: Y ahora nada podrá impedirles que hagan lo que imaginan>> Pág. 64 de “La ciudad de cristal” de Paul Auster.

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