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novelAS

 

 

 

 

 

 

Hotel Samsara.Habitación 202

1ªPARTE

2ª y 3ªPARTE

 

2008-2012

Nisha Kapali

 

La Mujer que habla con la lavadora

(en construcción...)

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Marzo 2017-

Petra_Mariló_La mujer sin nombre

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Virgo potens

(en construcción...)

Marzo 2017-

Virgo Potens_1. Belleza de piedra

Nisha Kapali

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  Atenas, barrio de Plaka, noche sumamente calurosa, los tejados allí al fondo se adormilan ondulantes entre los abrazos de orondas nubes blancas que anuncian otra jornada de intenso calor. Quería aprovechar la mañana del día siguiente para visitar el famoso Museo de la ciudad, antes de partir hacia la terráquea isla de Creta.

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  Recorrimos el barrio limítrofe al museo. Está atiborrado de puestos callejeros donde venden fruta y cualquier baratija para los turistas. Atenas es el ombligo de Oriente y Occidente mezclados, y esa zona es a su vez su propio ombligo. Todos los aromas se dan cita en ese centro, todo el colorido se abigarra en calles ruidosas que se esparcen sin ton ni son, cercadas por el ruido de un claxon elevado a la categoría de Dios, y asfixiadas por el humo de los coches.

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  Llegamos, la entrada es como la de casi todos museos y la iniciación se sucede de igual modo: chequeo de seguridad: bolsos, etc...; seguratas mirando la pantalla, seguratas mirando los bolsos, no flax please…, no video please…. (las normas), los folletos, la tienda, la cafetería, la consigna, los seguratas: no flax please…, no video please

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   Después de disfrutar con la primera sala de arte griego arcaico, me giro hacia la derecha y de pronto me quedo paralizada, casi no puedo moverme de la impresión. Allí, al fondo, solitario, en el centro de una pequeña sala rectangular, está ÉL. Mi vista se topa con la suya y me atrae como un imán. Muevo los pies, sin que pueda decir que estoy caminando, pues van solos a su encuentro como si fuera una Belle de Jour dirigiéndose hacia su único destino posible. Tampoco soy dueña de mis ojos, no puedo dejar de mirarle, tal es el poder de su belleza masculina.

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  El está allí encima de su pedestal, impasible. Parecería que su misión fuera seducir a cualquier Virgen que entrase en el Museo, o tal vez esperaba simplemente la llegada de una ninfa que pudiese despertarle de aquel sudario-cuerpo de piedra que envolvía su alma...

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  Rodeado de un aura como nunca había visto en ningún mortal, EL era un Dios, era un numen, algo sagrado. Tal vez Apolo, el Dios de la LUZ y de la MÚSICA,  hijo de Zeus y de la ninfa, llamada Latona, y hermano gemelo de la Artemisa, la Diana cazadora de los romanos (esos primos de los griegos mas atolondrados), sin duda era sagrado.

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  Al rato se acercó mi acompañante a ver que me pasaba, cubierta de sudor y pavorosa apenas logré farfullar lo siguiente: “perdona, es el calor, me voy al baño a refrescarme, ahora vuelvo” a buscarte, pero no iba a ningún otro lugar, iba a verle de nuevo a él.

  

  Su belleza me turbó, me produjo una inquietud tan violenta que nunca hasta entonces había sentido que fuese infiel de una forma tan certera, tal era el deseo que me embargaba, como un sueño imperioso robado al tiempo. Pensé en los sueños perdidos que nunca podría recuperar, en el espacio que media entre lo que anhelamos y la realidad. Solo sabía que no podía dejar de mirarle, de rodearle, de admirarle. Solo tenía la certeza de su torso atlético, lo suficiente como para no parecer frívolo, a pesar de estar casi desnudo como estaba, a no ser por una toga ondulante que lo ceñía, cayendo y rodeando su cadera ligeramente arqueada. Era la perfección de la belleza masculina: su cabello ondulado, su nariz recta y viril, su boca ligeramente entreabierta.

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  Cada noche de mi estancia en Atenas soñaba con él, soñaba que le miraba y a través de la mirada poseía su belleza y un poco de su alma. El se dejaba contemplar dulcemente sabiendo de mi atracción, sabiéndome conquistada de antemano. Me obsesioné tanto con aquel hombre de piedra que no podía dormir, apenas comía, solo quería verle, gozar de su imagen, nada más.

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  Su erotismo era tan poderoso... sus manos, su cuello, sus hombros, eran la muestra de la perfección de la Belleza de lo creado en masculino.

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  A la tercera noche, mi ”Virgo” empezó sangrar, algo había pasado en mi interior, alguien finalmente se había apoderado de mi   “virginidad”, por fin había amado.

 

 

Torre de marfil

    Torre de David

    Torre del Oro

 

Ora pro nobis

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Virgo Potens_2. Nisha

Nisha Kapali

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Nisa y el tiempo:

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 El tiempo como consciencia de cada instante de la vida, para los chinos es Shih ling, el aliento vital de la armonía del cosmos que orienta cada estación. Alinear cada instante para ponerse a favor del viento que rige el tiempo, de cada tiempo, del tiempo propio para entenderlo.

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Nisa, habitación de su piso de estudiantes, y la sangre:

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 Me cantaba al oído: tienes ya veinte años cuerpo de ola y tu padre no quiere que salgas sola, te persiguen los hombres por los senderos y tu padre no quiere, y tu padre no quiere eeeee que andes con ellossss, cuerpo de olaaaa...

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 Siempre me había impresionado la sangre, que saliera y no se pudiera parar, que se fuera sin más ni más de mi cuerpo y me dejara como un globo desinflado, moribundo.

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 La sangre que salió de mi cabeza el cuatro de agosto cuando apenas contaba dos años. Fue mi primera sangre, la primera que recuerdo, y también fue mi primera excursión. Acabé abollada, caída desde aquella montaña a la que fui con mi vecino, algunos años mayor que yo. Con sangre oscurecida y reseca llegué sola aquella tarde de verano bajo un sol despiadado, como pude, hasta mi casa, y allí me desmayé en la losa del patio, ante el susto y griterío general.

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  La sangre que recorría mi pie y la sandalia blanca cuando mas tarde, adentrada en mi infancia -tal vez contara ya siete años-, fui al corral donde mi padre me había prohibido entrar. Confieso que fui a rebuscar tonterías entre las basuras, tesoros que tal vez no podría hallar, y me corté inesperadamente con aquel vidrio verde oscuro, resto de una botella rota, ovalado e hiriente, que se hincó sin darme cuenta en mi pie izquierdo. Aún conservo su marca, como el beso de la bruja de Blancanieves, como un pequeño aguijón que hizo que mi sangre saliera poco a poco y sin cesar, tan suavemente que yo no la vi hasta que en el bar de la plaza del pueblo me advirtieron, y entonces observé avergonzada como mi sandalia estaba completamente teñida de rojo, también mi ropa, mi calcetín blanco.

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  La sangre de mi primera regla. Tenía doce años, era una tarde calurosa de julio, tardes de verano y piscina. Cuando me cambié vi una pequeña mancha rosa en mi bikini, todavía no era nada, pero sabía que podía ser aquello que me habían contado que les pasaba a las mujeres, y que yo había desterrado de mi mente incrédula. Sin vacilar me zambullí en el agua. Bien, estaba todo bien y yo contenta, no había vuelto a ver nada de nada en los tres días que siguieron, así que seguía feliz, aquello no iba a pasarme a mi. Pero al tercer día vino como una explosión contenida, se trataba de la sangre que luego vendría y se iría, vendría y se iría de mi cuerpo rítmicamente para no abandonarme en muchos años, como se transforma la luna, como las mareas, como la vida.

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  La sangre y el dolor.

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  La sangre de la tierna herida de amor que tú me hiciste.

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  Todos mis pensamientos flotaban en agua, todo mi cuerpo era agua, mi cama iba a la deriva transida por el placer de un oleaje que me apabullaba. 

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  Como dicen los viejos filósofos en su caverna de cristal: “El amor es el lazo que une el gran TODO, somos imágenes de perfección imperfecta”.

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  Y luego, la sangre y el dolor. El tibio olor de la sangre envolvía mi cuerpo, las sábanas, la habitación de dieciocho años entera.

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Torre de marfil

    Torre de David

    Torre del Oro

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Ora pro nobis

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Virgo Potens_3.¿Dónde iba Marisa?

Nisha Kapali

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  El colegio se ubicaba en pleno centro. Estaba rodeado de joyerías y tiendas de alta costura, todo lo alta que podía ser en ese momento, en esas circunstancias, en ese país y en esa ciudad.

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  Todas las mañanas antes de iniciar la semana de internado me hacía la misma pregunta: ¿Dónde iba Marisa cuando me decía:   Espera, espera, no toques todavía el timbre, no hasta que mi padre se haya ido? (Su padre nos traía cada lunes al colegio en su coche, un cuidado mil quinientos verde).

- ¿Y qué les digo a las monjas?, mi cara blanca de pánico, mas blanca que la camisa inmaculada del uniforme.

- Lo que quieras -me contestaba, mientras acechaba ya la calle y observaba atentamente si el morro del mil quinientos había traspuesto la esquina-. Diles que mi madre está enferma y me he tenido que quedar a ayudarle en la carnicería, (¡eran otros tiempos!).

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  Yo el primer lunes me quedé anonadada, casi no podía reaccionar del miedo que me entró. No entendía nada de nada, tenía trece años y de momento solo me gustaba platónicamente el soldadito que todos los jueves venía a recoger al coronel o general o lo que fuera que llevaba muchos galones en su uniforme, y que vivía justo enfrente de la cara este del colegio. Justo en la calle a la que daba la ventana de mi pequeño dormitorio, justo donde vivía mas abajo el padre de… compañera de pupitre de mi clase. El padre de mi compañera era tan alto, tan guapo, tan moreno, con ese bigote, igual, igual que Omar Sharif, por lo menos eso me parecía a mi en la distancia, cuando lo veía entrar al portal de su casa.

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  Mi calle, mejor dicho la calle a la que daba la ventana de mi habitación, desde donde veía al padre de mi compañera, era además un punto caliente de la ciudad. A tan solo unos metros de distancia hacia abajo, se divisaba un pequeño bar donde a la noche se daban cita los gays del momento, entonces maricones, sodomitas, mariquitas, invertidos o maleantes. Un mundo real nos rodeaba y acechaba en su lujuria de machos que se buscaban, protegidos por la oscuridad de la noche, dando a parar con sus ansiedades en algún banco o portal de la Plaza XXX, hoy llamada YYY, para finalmente meterse mano alocadamente en la bragueta. Osos peludos y moñas con tacones se contoneaban como faunos entre los árboles, dispersándose satisfechos en la lejanía de la noche.

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-¡Vamos mariconessss. Arriba esos pechossss!, era una de sus consignas de guerra, que todavía recuerdo.

 

  Yo les escuchaba atentamente encaramada al alfeizar de mi ventana, partiéndome de risa en mi ingenuidad todavía infantil. 

 

  Me hacían gracia sus movimientos, sus andares, sus ropajes, sus expresiones. Les apreciaba de una forma natural porque esos seres nocturnos eran igual a las libélulas que cogía de pequeña y ponía encima de mi mesilla para guardar mis sueños: iluminaban mi oscuridad, me hacían compañía en mi soledad, eran reales como la propia vida y como yo misma.

 

  En la otra fachada del colegio, un poco en ángulo se encontraba la proa del Walford Hotel, todo un clásico en la ciudad. No lo rodeaba ningún otro edificio significativo, más bien aparecía como si hubiera caído allí, emergiendo de alguna película en blanco y negro al estilo de Casablanca. El hotel participaba de un sueño interior que se repetía en mi vívida imaginación adolescente: con solo cruzar la calle y trasponer su umbral podías instalarte en otro mundo; un universo inalcanzable para el común de los mortales en el que existía una total ausencia de las ordinarias rutinas: comprar, lavar la ropa, preocuparte de la comida; tampoco en ese orbe había exámenes ni nada que se le pareciese, en definitiva era un pedazo del CIELO con todas las mayúsculas bien puestas, en esta baldía y seca tierra.

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  Aún recuerdo, a los años de haber terminado los estudios, encontrarme en sus inmediaciones a MMM. Me puso al corriente en un “pispas” de todas las novedades de la década anterior relativas al colegio: bodas, divorcios, muertes, suicidios, todo lo concernientes a nuestra clase. ¡Era curioso! Si lo pensabas cuanta gente había muerto ya, te daban incluso escalofríos.

-Las que se metieron monjas persisten -me aclaró ella como si fuera un consuelo.

-¡Ah!… Mira esta… y me mostró la foto de la última comida de ex-alumnas, de la que al parecer venía en ese momento. Como siempre mas o menos -me precisó con desgana.

- ¿Y Marisa? ¿Se casó con aquel chico? -Me atreví a preguntar-. Yo les había perdido la pista completamente a todas, pero sabía que ellas seguían manteniendo el contacto. Era lógico, vivían en la misma zona, se movían en los mismos ambientes, habían compartido incluso los mismos novios.

  -Sí, y ahora pinta, ya sabes su marido está forrado, y ella se entretiene, pero es buena, creo que va a presentar una exposición pronto.

- Vi a FFF, -le dije al punto-, estaba poniendo copas en un pub de moda de esos que han abierto últimamente por el Casco Viejo.

-¡Ah chica qué cosas tienes!, -y sus labios perfectamente pintados me parecieron extrañamente rojos, como si no le pertenecieran-. Estaría en la barra dando vuelta a su negocio, ¿cómo va a trabajar de camarera?

-Bueno, no sé -le contesté-, no todo el mundo se casa con multimillonarios.

-También es verdad, ahora que lo dices, y pasó capítulo, para sugerirme casi seguido:

-¿No te parece que podríamos quedar algún día?

- Es buena idea - le contesté.

-Avisa a FFF, recordaremos viejos tiempos. ¿Tú crees que podríamos quedar a tomar café en el Walford Hotel, o le parecerá caro?

- No creo -le dije-,  un café se puede pagar en cualquier sitio.

- Vale, te dejo, muah, muah, nos vemos. Aquí tienes mi tarjeta, llámanos cuando quieras.

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  Hay que decir que eran muy amables.

 

 Así era la vida del colegio y sus rutinas: los viernes día sagrado: bocadillo de calamares picantes en el CB o de champiñón en La Nicaxx (todos estaban en la pequeña calle peatonal en las inmediaciones del internado), y salida en estampida general hacia casa. Pero los lunes eran horribles, toda una semana por delante sin poder pisar la calle, sin poder perderme por el monte o acercarme al río, sin oler los juncos, los cañaverales, sin poder mear por ahí libremente como los perros, o los gatos -hasta ellos, sentía que vivían mejor que yo-; o perderme sin mas ni más entre la hierba tumbándome debajo de cualquier árbol.

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 Lo soportaba como podía, cada vez con mayor frecuencia alegaba que estaba enferma y cada vez, con infinita paciencia, venía mi hermano mayor para decir que teníamos consulta en el médico, aunque en realidad nos íbamos al cine o a la zona de bares. Las películas que él elegía eran muy malas, de Kung-Fu, asesinatos y todo eso, así que yo le insistía para que fuésemos a la zona, aunque a el no le hiciera demasiada gracia ir allí con una adolescente de uniforme por los bares de moda donde se movían sus amigos y sus ligues, pues no era la primera vez que le tomaban el pelo: -¿dónde vas con una baby de uniforme? Asaltacunas.

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 -Chico, que es mi hermana, ¿o qué te pasa, gilipollas?, -contestaba agriamente mi hermano-. Aún así me seguía llevando, lo que si lo pienso tenía un gran mérito.

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 La “Zona” era un mundo aparte, todos podían hablar con todos cualquiera que fuese su pelaje y condición. La música rodeaba este edén de calles repletas de jóvenes con ganas de que el cielo se viniera abajo, y pudiéramos tocar por fin el paraíso que nos habían anunciado que estaba al otro lado, lejos, muy lejos. Había otra vida fuera de los muros del colegio, había otro entendimiento, felicidad aquí en la tierra, sin necesidad de esperar a la recompensa del cielo. Ahora ya no me podían engañar más: lo había visto, lo había escuchado, olido, lo había sentido. ¡Aquel año tuve esperanza!

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 Al siguiente curso, a pesar de las salidas, o debido a ellas, el internado se me hacía interminable: que si la fila para el recreo, que si silencio en el comedor porque yo lo mando, que si la misa, que si la oración, y eso que ahora en la distancia me doy cuenta que eran bastante buenas en su labor docente, e incluso modernas para su época, y el colegio era bastante bonito, pero claro no hay que olvidar que entonces todavía éramos una potencia nacionalcatólicaapostólicaromana y era lo que se llevaba. En ese momento yo tenía ya catorce años y lo único que quería era salir de allí y vivir una vida normal, o lo que yo entendía por normal. Cada vez bajaba las escaleras de peor humor y genio, pareciéndome cada vez más a la protagonista de “lo que el viento se llevó”.

 

  Mi hermano me decía en broma:

-O’Hara no pongas esa cara, ni bajes rezando juramentos por las escaleras o no vuelvo. Pero yo no podía evitarlo.

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 El último trimestre fue muy duro, tampoco conozco la causa exacta pues la monotonía no había variado ni un ápice, posiblemente estaba cansada, y a la vez tenía la certeza de que no podría soportarlo mas, no habría llegado hasta Navidad sin hacer algo raro que me hiciera salir de aquel extraño dédalo de movimientos reglamentados: la fila, el comedor, el recreo...

 

 Finalmente algo sucedió. Todo el colegio estaba en movimiento aquella mañana.

-¡Que raro! –Pensé-, pues tan solo eran las cinco y media de la madrugada, pero se notaba un gran trajín por los corredores. Al poco nos levantaron, y enseguida me di cuenta de los motivos, de tanta excitación. A las quince minutos estábamos ya agolpadas en la salita de reuniones de la segunda planta, Marisa sin saber por qué me miraba sonriente.

-¡Deprisa, vamos, vamos!, ¡qué calamidad!, llamen corriendo a sus casas, que vengan pronto sus familiares a buscarlas -nos dijo la monja administradora, conmocionada-, mientras la monja enfermera que llevaba la toca de medio lado (debía ser por el susto) asentía. Puede estallar muy pronto la revolución y no sabemos lo que puede pasar, la monja enfermera ahora se limitaba a decir: ¡Ah Dios mío!, y no dejaba de repetirlo: ¡Ay Dios mío!

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 La revolución –pensé yo-, ¡ojalá!, que vengan y lo quemen todo, claro lo piensas en un instante de arrebato, aunque de forma muy real con llamas y todo. A lo mejor resultaba como lo que habíamos estudiado de la Bastilla y les cortaban la cabeza, ¿quién sabe?, ¿quién haría de María Antonieta?

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 El dictador por fin se había muerto, ya en la casa de mis padres por la noche comprobé que era completamente cierto, en la tele se veía todo negro, solo la carta de ajuste y música clásica de tipo fúnebre en la radio, ¡menos mal que me quedaban los discos de mis hermanos: Jetro Tull, Elvis, Pekenikes, Rolling!

 Esos días los pasé bailando, bailaba y bailaba como una posesa en mi habitación, sin que nadie me viera. Pasó una semana y nada, ni revolución, ni siquiera una revuelta gorda, así que el colegio no ardió en llamas, ¿acaso lo de los colegios no tenía fin? -Me preguntaba-, ¿acaso no se abolirían las filas, las comidas de ración, la oración, las misas y todo lo demás? Para mi desgracia la rutina se impuso una vez más:

Internado=reclusión=tiempo reglamentado=monjas

Vestido reglamentario=clases=exámenes=recreos=filas=capilla=vuelta a la fila

Oraciones= plegarias.

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 Yo pensaba si ese señor bajito de bigote se había muerto para nada, pues estábamos de vuelta otra vez en el colegio, o era cierto como decían que su fantasma seguía pululando entre nosotros para evitarnos descarríos, para cerciorarse de que esto no se convertiría en Sodoma y Gomorra, (es que no habían visto lo del bar de enfrente a las dos de la mañana, de eso estaba segura), pero bueno igual eran ciertos los rumores, porque seguíamos con lo mismo: Colegialas todo se pasa dice nuestra santa madre, descansad colegialas en paz dando gracias a Jesús, José, María y XXX

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 Pero aquel martes al terminar la plegaria nocturna de recogimiento sentí que ya no podía quedarme allí, quieta en la oscuridad de mi habitación, divagando como siempre en miles de pensamientos que salían de su guarida, alertados tal vez por la luna que veía a través del cristal de mi ventana. Decidí darme una vuelta para ver si descubría otro modo de ser del colegio en la oscuridad de la noche, quería extraer su totalidad, su verdadera identidad, el por qué yo estaba allí, y eso no podía averiguarlo sin acercarme a los recovecos interiores de aquel edificio en la quietud de la noche, cuando todo el mundo duerme. Al empuje inicial se sucedieron de forma imperativa días de indecisión, de pensar y repensar, de querer hacerlo y revocarlo en el último momento, como decían se hacía con las penas de muerte en América, así pasaron días hasta que finalmente opté por llevarlo a cabo.

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 Aquella noche era martes, no había pasado nada especial pero decidí que era esa noche. Salí procurando girar con sumo cuidado el manillar de la puerta que hacía un ruido muy particular. Las luces de emergencia daban un fulgor irreal al pasillo, lo que hacía que mi sombra se proyectara de forma fantasmagórica. Avanzaba hacia la parte oeste del edificio, donde estaba la capilla. Enseguida comencé a sentirme algo mejor, como si escapara de un cerco. Al poner el pie en la capilla, todavía dubitativa, la quietud que emanaba era tan sobrecogedora que casi daba miedo, y a la vez me entraron ganas de arrodillarme y rezar de verdad de una vez por todas, admirando su hermoso frontal. La iglesia estaba bonita esa noche, yo diría que resultaba muy hermosa con sus escalinatas al fondo de mármol blanco. La Virgen presidía el altar, era una imagen sencilla que mostraba una espléndida mujer joven, una madre satisfecha mirando las mejillas sonrosadas de su hijo, al que sujetaba amorosamente entre sus brazos.

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 Debía continuar mi marcha, salí de la capilla, pero antes crucé la vista oteando el descansillo: si subía, iría directamente a la clausura. Mis pies querían ir hacia allí curiosos, pero algo me decía que era mejor que no lo hiciera, que dejara aquellos recintos ignotos para mejor ocasión. Así que aparqué mi curiosidad, y bajé por las hermosas escaleras de mármol hasta la parte de la entrada principal. Emergí a una especie de rellano donde había una puerta lateral que estaba casi camuflada detrás de la escueta portería, desde la que fui a dar al patio del recreo.

Recorrí el patio a lo largo y ancho varias veces, observé las vallas herrumbrosas que lo cerraban al fondo, no había salida, así que miré hacia lo alto. Arriba estaba espiándome la luna, una luna ovalada y purpúrea que parecía reírse de mis anhelos en la distancia.

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 Comencé a sentirme mal, allí dentro lo único bueno era aquel pedazo de oscuro cielo inalcanzable, así que volví esta vez por las escaleras laterales que daban al comedor, las de baldosa amarillenta, gastadas por tantas y tantas pisadas, hasta encontrarme de nuevo en el interior del edificio. Erré por pasillos todavía desconocidos que daban a corredores poco transitados, salí de allí rauda como si algo me persiguiera, tal vez las risas ahogadas de todas las niñas que habían habitado este recinto a lo largo de los años poblándolo con sus batas y uniformes; o tal vez mi angustia se debiera a que por allí señoreaba la sombra del fantasma de esa niña, a la que decían había matado una monja en un arrebato de celos -tal y como repetía a gritos la loca del barrio, aquella mujer agachada de pelo amarillo sucio estropajoso que rondaba el colegio y hablaba en voz alta como un ángel exterminador, pregonando a los cuatro vientos la vuelta de la colegiala asesinada-, también se rumoreaba que desde el día de aquella muerte, su espíritu intranquilo salía a jugar al patio del colegio las noches de luna creciente.

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 Me entró un gran desasosiego, intenté olvidarme de aquella leyenda y continuar mi zigzagueante recorrido. El colegio tenía su propio circuito que yo reseguía ahora en solitario como si fuera un juego de la oca oculto. Regresé a la parte de arriba ya no recuerdo cómo. Entre los pasillos paralelos de las habitaciones había pequeños porches interiores, o ¿patios ingleses?, en ese momento os puedo asegurar que eran porches, adornados con plantas, concretamente con tiestos de geranios, lo que daba cierta alegría al conjunto y lo hacía más habitable.

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 Finalmente llegué a la conclusión de que lo mejor de ese colegio era su propia posición, estaba anclado en el mismo corazón de la ciudad, y por añadidura, todo lo que te ofrecían sus ventanas al espacio abierto de la calle, como ojos abiertos al exterior de forma permanente.

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 Había llegado a un punto que ya no sabía a donde dirigirme. Como lo de los gays -entonces maricones-, ya lo tenía muy sabido, me fui a ver qué sucedía en la otra ala, donde estaba anclada la biblioteca. Para mi sorpresa pude entrar en su interior. ¡Qué raro! –pensé, pues siempre, siempre que pasaba por allí, mecánicamente como si fuera un tick intentaba abrir la puerta de ese recinto y siempre, siempre, la puerta estaba herméticamente cerrada.

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 Al entrar me sorprendieron las enormes vitrinas rectangulares que se prolongaban del suelo al techo, el armario al fondo repleto de enciclopedias y libros de formato antiguo. Una mesa grande y alargada, rodeada de pesadas sillas tapizadas de cuero rojo oscuro, tachonadas, presidía la sala, que por lo demás se presentaba muy escueta en su decoración, incluso magra. Algunos grabados del monasterio de San Juan de la Peña, alternados por retratos de las madres superiores muertas que habían sido y serían por los siglos de los siglos…, daban un carácter fúnebre a la estancia. Enfrente de las eternas vigías del colegio se encontraban, para mi deleite, aquellos grandes ventanales, igual a magníficos anteojos, no como las ventanas de los dormitorios que tenías que auparte si querías ver algo, sino ventanales auténticos como en las películas de Visconti, cubiertos con espesos cortinones de color dorado oscuro.

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 Escudriñé cual era el mejor de todos, y el ángulo preciso para tener una mayor cobertura, fui moviéndome por la sala de un ventanal a otro hasta que por fin di con el adecuado, ¡qué bien!, desde allí mi posición era perfecta.

Contemplé como entraban y salían clientes del WalfordHotel, algunos bajaban de sus coches, mientras el portero, amablemente, abría la puerta para dejarles pasar, y al segundo volvían a su posición de estatua sedente. Yo estaba entusiasmada con aquella visión, no perdía detalle, era como ver una película antigua francesa, pero en vivo y en directo.

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 Algunas señoras iban estupendamente bien vestidas, desde luego no era como en mi pueblo, ni siquiera los días de fiesta, si acaso la PPP, la amante del médico, esa si que podría haber bajado también de un Mercedes y entrado al Walford Hotel como una auténtica señora -pensé-. Aunque bien mirado ponerse todo aquello debía llevar su tiempo y paciencia, debía ser una auténtica lata. Yo pensaba así porque siempre me había estorbado la ropa: no llevaba sujetador, si podía tampoco me ponía las bragas, ni siquiera un reloj, menos un bolso, o colonia, ni nada de nada, mas que el uniforme ¡qué remedio!

Desde pequeña me gustaba ir sin nada, me quitaba la ropa en cuanto podía, a pesar de que todos los adultos a mi alrededor me miraban de forma rara -sus ojos desorbitados, como pelotas de tenis en movimiento, no se me olvidarían nunca-, y a pesar de que mis padres se ponían hechos una furia, cosa que tampoco entendía, les agradecía que no me miraran con esos ojos tan recriminatorios como sucedía con todos los demás. Yo era feliz moviéndome desnuda, durmiendo desnuda, nadando desnuda, jugando desnuda, bailando desnuda (eso no os lo había dicho antes).

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 Ya había entrado aquella elegante pareja, así que giré la vista a la izquierda hacia arriba, en ese momento mi sorpresa fue mayúscula… Un chico se estaba duchando ausente a cualquier mirada. Al punto sentí que algo nos unía: un fuerte lazo en su total desnudez y en la mía (deseada y robada todos los días por las batas y el uniforme). Mientras pensaba esto, comencé a percibir mi propio cuerpo palpitando inquieto como una lagartija debajo de mi camisón.

 El se paró y se giró para enjabonarse la espalda, volvió luego al frente como una peonza retirando la espuma de su cuerpo lentamente, mientras el agua lo iba rehaciendo poco a poco, y entonces de pronto alzó su rostro, nuestras miradas se cruzaron en la distancia durante un segundo, asustada, me oculté con rapidez tras la cortina.

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 A lo largo de la semana siguiente me sentí muy inquieta, mi ansiedad sólo se calmaba cuando iba a verle cada noche, y cada noche el se duchaba de igual modo, sabiendo que yo lo contemplaba. El estaba allí incólume esperándome, debajo del agua protectora, todos los días a la misma hora en un ritual concertado de purificación solitaria. Sólo la séptima noche al terminar su baño trató de comunicarse conmigo en la distancia, pero no logré comprender lo que me decía. Al día siguiente me mostró un uniforme de soldado con la banderita americana. Pero era muy joven –pensé- para ser soldado, tal vez me estaba mintiendo, tal vez el uniforme fuera de su padre, al que por algún desconocido motivo acompañaba en su viaje.

  La noche del jueves ya no aguantaba más, quería saber algo más de aquel chico, así que compuse en un folio este mensaje:

 

  FRIDAY AT FIVE IN HOTEL DOOR, OK?

 

  El contestó:

  OK, MY NAME IS ROBERT

 

  Por fin habíamos contactado. Estaba muy nerviosa, tanto que el viernes en el comedor se me cayó la bandeja de la comida con gran estruendo, atrayendo las miradas de todo el mundo, cientos de ojos diferentes me observaban, me sentí desnuda e igual de desprotegida que cuando era pequeña y me desvestía de todas mis prendas.

​

  Marisa me dijo, acercándose a mi oído tanto que me hizo cosquillas:

-¿Qué te pasa?, estás rara -y lo corroboró observándome concienzudamente-, pero claro ella no podía imaginarse en lo que me estaba aventurando.

Aquel viernes me salté la clase de Ciencias de las cinco, y le dije a la Madre Administradora que ese viernes tenía que llegar antes a mi casa, así que salí con mi uniforme y mi pequeña mochila a la espalda, de otro modo hubiera levantado alguna sospecha. Sonriente dije adiós con la mano a la hermana portera que estaba entretenida arreglando las flores del recibidor. Di la vuelta al colegio rodeándolo, a esa hora confiaba en que nadie iba a verme; pese a todo caminaba intranquila como si hubiera un foso entre cada uno de mis pasos y el siguiente, como si de un momento a otro fuera a hundirme en algún laberinto que hubiera bajo el asfalto. Me tranquilicé un tanto, al ver enfrente una figura que solo podía ser la de Robert, bastante más alto de lo que parecía en la distancia, desde mi observatorio. Al girarse, cuando le llamé, me pareció muy sonriente.

  En cuanto estuve a su lado me armé de valor, saqué mi pequeño diccionario, pero mi mente no me seguía y le dije en un estado de excitación tremendo: problem, go, go. El creyó que tenía que marcharse, avanzó sorprendido hacia la puerta del hotel retirándose, pero yo le cogí de la mano, que solté rápidamente, intentado detenerlo. Fue un segundo y su piel me hizo cosquillas en mi palma desnuda. Después nos miramos, y ya no hubo más confusión, fuimos directos hacia la entrada del hotel con inusitada determinación. Cruzamos la recepción sin problemas, afortunadamente estaban atareados, así que subimos directamente a la habitación 308, donde se alojaba.

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  En cuanto entré, me quité los zapatos, y recorrí la mullida moqueta hasta llegar al quicio de la ventana. Me asomé para ver el colegio, ahora sí, definitivamente del otro lado. Mientras yo observaba el exterior de su fachada el fue soltando los botones de mi uniforme lentamente, y comenzó a pellizcar suavemente mi cuerpo, que surgió del sudario del pichi cayendo éste muerto, alrededor de mis tobillos. Yo me dejaba hacer completamente desnuda, aunque seguía dándole la espalda, mirando sin importarme nada el edificio de ladrillo rojo del colegio, tan distante ya de mis emociones y de mi cuerpo.

  El me giró y me cogió a continuación en sus brazos como si fuera una muñeca a la que trasladan en un cuento. Me llevó a la ducha, nos reímos, era en ese umbral líquido donde nos habíamos conocido, donde había visto su cuerpo por primera vez, y también su imaginado rostro. Me enjabonó de arriba a abajo, un paraíso de pompas transparentes comenzó a envolver nuestros juveniles cuerpos. Tocábamos todo, deteniéndonos a cada instante para identificar su forma, extensión, su ritmo, comprobando el placer que nos otorgaba cada parte de nuestros cuerpos, al compás del agua que huía de nosotros a otros paraísos húmedos. Pasó un rato de ensueño infinito, perdidos en nuestros juegos de placer y agua, cuando de pronto la puerta sonó, giraban el pomo.

-¡Dios mío! – grité asustada-. El me sujetó por primera vez con firmeza entre sus brazos, mientras decía algo así:

-Calm, maybe is my colleague.

 

 Yo me desasí de sus brazos con furia, estiré mi mano para agarrar la toalla blanca. El Paraíso roto –pensé-, ¡las monjas, mi padre, alguien se había enterado!

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 Ellos, Robert y su amigo, se rieron al ver mi asustada cara.

 Enfrente de mi apareció un chico un poco mas bajo que Robert, con el pelo también muy corto y una mirada incrédula, que dirigía alternativamente hacia nosotros y hacia mi uniforme, que yacía arrugado por el suelo.

 

Hey Robert!, -dijo al fin el muchacho acercándose para abrazarle.

- Is Jhon –dijo después Robert escuetamente, señalándole. 

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  Yo estaba atenta, sin quitarle el ojo a todos y cada uno de sus movimientos, y sin darle tiempo a mas explicaciones me dirigí a él indicándole la puerta: go, go… pero el chico no se fue, sonrió de nuevo y para mi sorpresa me quitó la toalla con suavidad señalándome que estaba mejor así. Por extraño que parezca en ese momento no sentí miedo, ni vergüenza, ni pánico, sino que me volví a sentir reintegrada a mi desnudez, a mi estado natural preexistente.

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 Al poco entrábamos los tres en la ducha, debajo del torrente cálido de agua, y al momento me sentí rodeada como una isla por el calor de sus cuerpos que me estrechaban. Sus manos me tocaban, me frotaban, exprimiendo las emociones de mis nalgas, de mis pechos, de mi cintura... Mi sangre salió de mi cuerpo tintando el agua, que se marchó escurridiza por la rejilla hacia el desagüe que la llevaría al río, el río que la transportaría al mar, el mar que la conduciría a un océano lejos de esta ciudad, de este colegio, de esta historia.

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Mezquita de Damasco-Siria-. Desnuda en el hotel frente al muecín

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 Recordaba todo esto algunos años mas tarde cuando me encontraba en un viaje en Siria. En ese momento concreto, estaba sacando la ropa de la maleta en la habitación del hotel Tower Medinat.

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 Cuando terminé de rellenar el armario con mis pertenencias: camisetas, pantalones, etc…, todo aquel conjunto de prendas me parecieron andrajos que colgaban muertos, sin vida, como harapos necesarios dentro de ese espacio rectangular de madera.     Cerré el armario furiosa, sin saber exactamente el motivo. Me volví hacia la ventana a ver qué vistas me ofrecía, al punto quedé sorprendida al comprobar que el minarete de una hermosa mezquita estuviese tan cerca, casi lo podías tocar con tus dedos. Al poco, como si mi sola presencia hubiera impulsado algún botón de puesta en marcha, comenzaron a oírse por toda la ciudad las salmodias que salían automáticamente por los altavoces de mil mezquitas diferentes. Era viernes, día de rezo para los creyentes de esa parte del mundo.

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 Seguí en aquella ventana, pegada al cristal, atrapada por el sonido como una autómata, mientras mi mente se alejaba de todo lo inmediato. Al fin supe donde iba Marisa todos los lunes, seguro que a lo mismo que yo iba todos los viernes en mis escapadas al hotel de enfrente. Las imágenes de todo lo que hicimos Robert, John y yo durante aquel trimestre de mi último año de internado volvieron a mi mente con precisión inusitada. ¡Fueron unos amigos de desnudeces estupendos! Y es por eso que aún permanece en mí el recuerdo de emociones tan claras como el agua que rodeó de forma natural nuestros gozosos cuerpos. No hubo competición, ni posesión, solamente fue un pequeño paraíso compartido que forjamos en el habitación 308 del Walford Hotel.

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 Pero ahora las cosas eran diferentes. La misma noche de mi llegada ya te añoraba. Te llamé desde el Hotel de Alepo y tú no contestaste. Me habías engañado, tenías una mujer, al menos una oficial, y yo había creído en tu sonrisa desde aquel día que te encontré, aquel caluroso día de agosto.

 Ahora lo sabía todo, lo de Marisa y lo tuyo también, todos los secretos de mi adolescencia y juventud desvelados, pues fue tu mujer la que finalmente contestó airada a mi llamada. Saberlo tan lejos de mi casa, de mi mundo, todavía me hizo sentirme más sola y engañada. Y ¿ella?, ¿cómo consentía ella todo eso?, pues me di cuenta que yo no era la primera.

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 Estaba perdida en otro mundo cuyas claves desconocía, igual que cuando era pequeña mi desnudez extrañaba a los demás, haciéndome sentir rara, diferente, lejana. Toda la angustia que estaba sintiendo se trasladó al punto al sonido de los lamentos de los muecines, que comenzaron de inmediato a entonar sus salmodias, cercando con sus súplicas más y más la ciudad. La atmósfera en torno mío se fue tornando tan densa que nunca en ningún otro lugar me había sentido tan distinta al resto del mundo que me rodeara. Buscando alguna protección a mi desamparo pegué mi cuerpo completamente desnudo a la ventana, como si fuera una ventosa que me sujetara a la vida, pero solo pude sentir el frío cristal bajo la presión de mis pechos y de mi vientre.

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 Al otro lado, encaramado al hermoso minarete, trenzado de ladrillos como un lienzo esculpido frente al fondo de un cielo rojizo de octubre, el muecín, impasible, seguía desgranando sus oraciones con su cara pegada a un amenazante altavoz verde. 

 

 El me miraba a través de sus oscuros ojos, pero yo no me retiré ante sus rezos, ni ante sus lastimeras baladas. Por el contrario permanecí erguida mostrando mi desnudez de mujer, mi sencillez de hembra del género humano. Por un instante deseé, hubiera querido ser un caballo, una ardilla, un árbol, cualquier otra cosa, pero estaba ahí atrapada en un cuerpo femenino.

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  Ya no era una niña, era una mujer, completamente desnuda, acechando en la ventana de un hotel a la deriva, en medio de un mar de plegarias que querían revestirme de nuevo. Pero yo no me retiré del espejo a través del cual contemplaba el mundo, porque yo también estaba rezando, era la dueña y señora de la oración que lanzaba al cielo mi desnudez callada.

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Torre de marfil

    Torre de David

    Torre del Oro

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Ora pro nobis

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