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Cuentos de terror y amor para gente menuda ...
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La Blubluqueta Galáctica
04/11/2017. En construcción
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La gallina azul
04/06/2018.
Era una gallina azul.
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¡Es una gallina azul! Decían a grito pelado.
Pasen y vean...
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¡Es una gallina azul! –dijo asombrado el chico de cara morena y redonda, boca de querubín, apretándole la mano a su amiga de la plaza.
–Deja de apretarme la mano, Juan –le dijo la chica de piernas largas–. Ya lo he visto. No sé porque te extrañas tanto. En los cuentos los animales pueden ser de cualquier color.
–Ya, pero esto es el circo ambulante, esto no es un cuento –observó muy serio el chico, algo molesto, sorbiendo un poco la nariz.
–Y tú, ¿cómo lo sabes? Respondió la niña contundente.
–Lo sé porque los huevos son blancos y no azules.
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Esa noche la gallina azul apareció en el cuarto a Juan, el chico pensó que estaba soñando. Lo más curioso fue que le cantó primero una canción parecida a una nana –Juan era muy miedoso–, pero lo más asombroso fue que a continuación comenzó a cantar ópera como si fuera una prima dona (los prodigios parecían estar asociados a su extraordinario color). Si no fuera azul, seguro que no cantaría como lo hacía –pensó el chico.
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El circo ambulante se marchó al amanecer cuando los grillos todavía dormían. Los titiriteros habían recogido sus enseres, incluyendo aquel peine de plástico, de dimensiones gigantes y de color verde fosforito con el que una mujer mayor, redonda y morena, peinaba su largo cabello.
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En la escuela Juan preguntó a D. Tomás, el maestro, si existían las gallinas azules, no se atrevió a decir que además cantaban ópera, a lo que el maestro, con una mirada extrañada, le respondió con la pregunta de si se encontraba mal o si tenía fiebre. Allí se terminó toda la posibilidad de discrepancia sobre los colores del huevo y la gallina.
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La gallina de Colón
04/11/2017. Revisado 23/12/2017
Cuando era pequeña mi madre me cantaba así: “Vamos hijos míos, no le temáis al frío, yo soy una gallina con mucha tradición pues era de mi abuela el huevo de Colón”. Esto sucedía en invierno cuando nevaba, o hacía viento.
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La casa del Ayuntamiento donde vivíamos era de paredes bastante finas, y las ventanas no ajustaban bien, los goznes estaban algo sueltos y la pintura verde resquebrajada. Hasta el reloj grande que dormía en la fachada del edificio, y que daba somnoliento las horas para todo el pueblo, parecía encogerse aterido.
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Habíamos tenido que mudarnos de nuevo, después del accidente de mi padre (ya os lo contaré otro día, porque es un poco difícil de explicar aquí). Los dormitorios de la nueva casa habían estado deshabitados, sin niños que les dieran calor, sus paredes eran gélidas. Por la noche, mi madre nos ponía en los pies, dentro de la cama, bolsas de agua caliente, o botellas, yo prefería las bolsas verdes de goma porque las botellas me daban terror, me parecía que iban a estallar en mitad de la noche.
Una vez que nos había tapado bien y arremetido la colcha por dentro, se ponía a cantar: “Vamos hijos míos, no le temáis al frío, yo soy una gallina con mucha tradición pues era de mi abuela el huevo de Colón”. Al terminar la canción, continuaba la historia hasta que nos dormíamos:
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Esta es la historia de una gallina muy sabia. A Colón se la regaló su abuela siendo niño, y él la crió como si fuera su mascota, desde que esta era tan sólo un pollito.
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Colón, que de pequeño lo llamaban Cristobal, o Cristian, quedaba a jugar con sus amigos de la redolada, a la consola, al fútbol y, a veces, se iba con los scouts de campamentos por los Pirineos del valle del Aragón. Eso porque todos los niños hacen cosas parecidas, aunque en aquel entonces todos esos juegos resultaban casi imposibles. Cristobal, en realidad, vivió hace muchos, muchos años…. Y tenía que ayudar a su familia de marineros de poco monta, aunque no pobres del todo. La familia había vivido en varios sitios y como los intrépidos gitanos, de tanto en tanto, cambiaba de residencia. Cuando Cristobal era pequeño vivieron en una hermosa ciudad española del Sur, envuelta en esa brisa con olor a mar, a pino y azahar; ese aroma y esa belleza que solo tienen las ciudades del antiguo reino de Al-Andalus.
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Cristobal le contaba por las noches a su mascota, entonces todavía un pollito regordete, sus andanzas acaecidas por el día. Aquella misma tarde habían ido hasta el cementerio y habían entrado en el campo de al lado, a robar alberges –decían que los que daban a la tapia del cementerio eran los mejores porque cogían el sabor de los huesos de los muertos–. Yo casi se hice pis de miedo al volver a casa, por el callejón de la “seña Manuela” –le contó muy serio a su mascota.
Cada día era diferente y eso era lo bueno, cada día había una historia distinta para estrenar.
El lunes de la otra semana me reí un montón en el colmado del tío Juan, cuando fui a comprar vino y entró la loca, “la tía Perica”. Dejó en el mostrador de madera un envoltorio plateado diciendo que le pusieran ½ kg de garbanzos, 1 kg de cebollas y pimentón, y pagó con aquello, no sin antes haberle dirigido al tendero varios "palabros": “Ya has subido los precios del pan, malsín, monstruo”. La tía Perica estaría loca, pero equivocarse, equivocarse, no se equivocaba nunca –le explicaba Cristobal a su amiga–. Podían haberla contratado como ministro de economía… Y así Cristobal compartía con su gallina, todas las noches, lo que le sucedía por el día.
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Cristobal le confiaba también su sueño secreto de convertirse, algún día, en un magnífico navegante de los que manda una tripulación entera: "a babor, a estribor, cambia la jarcia de la mediana", incluso con una carabela dispuesta a combatir y perseguir por allende los mares al mismísimo Barbarroja, pero especialmente lo que quería era llegar hasta “un nuevo mundo”, la tierra del bien –decía–, mientras miraba muy serio a su amiga que sólo le contestaba: cocoroco, cocoroco.
Una tierra que había imaginado muchas veces, la tierra donde no hubiera: dolores de barriga, mentiras, castigos, tampoco cárceles –como la que estuvo su padre–. Una tierra frondosa, llena de especias, y de todos los animales-persona que nos diera la gana imaginar, gallinita mía, una tierra en forma de isla con: unicornios, duendes, el hombre de las nieves, incluso una Blancanieves de verdad. Cada noche le hablaba, mientras las piernas de Cristobal se extendían más allá…, cerca ya del borde de la cama, y el pollito, por su parte, se estaba convirtiendo, historia tras historia, en una señora gallina.
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Pasó el tiempo y la gallina se hizo muy hermosa, su cresta aparecía colorada, su plumaje brillante, más parecía el de un cisne que el de una gallina cotidiana. Le acompañaba a todas partes, y a pesar de los cambios, y de hacerse mayor, un adulto con pelo en pecho, Cristobal hablaba con su amiga todas las noches, especialmente cuando volvía a su lecho cabizbajo, desesperado, en su recorrido por las cortes europeas. Cristobal era ya un marino que había estudiado las cartas de navegación con detenimiento en la Escuela de Mallorca, y conocía el discurrir de las mareas de los océanos. En su última embajada en la corte portuguesa le habían rechazado su proyecto de navegar hasta el confín de las Indias, en busca de su soñada tierra: la tierra donde no existiera el mal. Pero su gallina no le dejaba entristecerse demasiado, le cantaba como cuando era niño canciones de piratas de allende los mares hasta que le hacía sonreír.
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Pasaron los años.
Después de un duro viaje por los páramos fríos de aquellas tierras rojas, ensangrentadas por mil batallas de héroes antiguos, y tras muchas aventuras, llegaron al Reino de Castilla. La gallina no se dejó impresionar por la recepción de la magnificente Corte de los Reyes de España. Le dijo al oído a Colón: “toma este huevo que he puesto esta mañana y colócalo de pie, la tierra es como él, redonda y llena en su interior”. Colón lo hizo tal cual le dijo su buena amiga. Y tal fue el asombro de los reyes al verla hablar que dijeron: “si el huevo puede sujetarse en pie, y si esta gallina puede hablar, tú: Cristobal Colón, podrás llegar al Nuevo Mundo que dices que puede existir”. Y así fue como Colón navegó en sus carabelas sin descanso: la Santa María, la Pinta y la Niña, metido en el corazón profundo del ancho mar, que latía noche y día sin cesar, siempre guiado por el sabio consejo de su aventurera gallina.
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Era atrevida como pocas gallinas del mundo pueden serlo.
Después de descubrir América con su amigo, tras recorrer muchos países y conocer a muchas gentes de diferentes lenguas y colores, tuvo muchos hijos pollitos a los que cuidaba con esmero. Siempre les contaba lo bonitas que eran las tierras allende la mar océano: “allí todo es inmensamente grande, los ríos son como un manantial sin fin, los árboles tocan el cielo que se aparta temeroso, la naturaleza reina en todo su esplendor”, les narraba por la noche, calentando a sus polluelos bajo sus alas. Son países hermosos que forman parte de nuestra gran familia aventurera.
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Tal vez todos sepamos que Colón conquistó América, pero si no hubiera sido por su intrépida gallina y su huevo, nunca lo hubiera conseguido.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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D. Melitón tenía tres gatos
04/11/2017. Revisado 23/12/2017
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Era ya verano. Hacía un calor intenso, incluso de noche. Todas las ventanas estaban abiertas y a lo lejos se oían los grillos que habían salido a tomar la fresca por los campos de maíz, de alfalfa, y por la mejana salvaje que se extendía junto al río. Yo tenía mi luciérnaga en un pequeño bote con agujeros, y así, cuando la contemplaba en la oscuridad de mi habitación, se me pasaba el miedo.
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Esa noche me había quedado dormida pronto, pero me desperté en mitad de la oscuridad, me dolía la barriga.
Vi la luz de mi luciérnaga en la mesilla, pero ella no podía consolarme.
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Lloré.
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Mi madre vino enseguida, y me empezó a cantar una canción: “D. Melitón tenía tres gatos que les hacía bailar en los platos y por la noche les daba turrón, ¡que vivan los gatos de Don Melitón!”.
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Mi madre era una mujer muy hermosa, de piel suave y luminosa, sus brazos eran frescos hasta en verano, como si fueran de agua, y a mí me gustaba acurrucarme en ellos y sentir su reconfortante perfume.
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“D. Melitón tenía tres gatos que les hacía bailar en los platos y por la noche les daba turrón, ¡que vivan los gatos de Don Melitón!”.
Su canción me tranquilizó, aunque ya me la sabía, no era la primera vez que me la cantaba.
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Me imaginaba a Don Melitón como un señor con sombrero negro, y traje, muy educado y de costumbres fijas. Lo veía en perspectiva y me parecía alto, aunque tal vez no lo fuera tanto. Todos los días se levantaba a las ocho, ¡A las ocho se levanta hasta mi sombrero! –Decía–. Tomaba un baño de agua muy caliente a continuación, y leía en la bañera, durante más de una hora, los libros de Stevenson, eran los mejores, no había habido libros de aventuras que se pudieran igualar. Leía absorto hasta que el agua se iba enfriando y los dedos de sus pies se convertían en pequeños duendes amoratados y arrugados que asomaban entre la espuma deshilachada. Al salir de la bañera, quitaba el tapón, observando atentamente como el agua desaparecía lentamente en un embudo, rum, rum. Luego pasaba a frotarse todo el cuerpo con cuidado, célula a célula, sin dejar ni un pequeño cuadradito de piel sin secar, y continuaba su ritual recortando con esmero las uñas y los pelos de las orejas y de la nariz. ¡Un caballero se distingue por su aseo! –decía–. Desayunaba lo mismo todos los días: sopetas de leche con pan.
Después, a mitad de mañana, salía a dar un paseo y aprovechaba para saludar a sus vecinos, era bueno tomar el aire, el sol y estirar las piernas, también saludar al vecindario: “buenos días, hoy tenemos un día estupendo señora Mariana”, repetía cada mañana a su vecina, sintiéndose con ello sumamente feliz.
Regresaba por la vereda del río, le gustaba lo hermoso que era, sobre todo en la crecida de primavera, cuando el olor de la humedad circundaba los campos aledaños. Ya en su casa, realizado el ejercicio diario, y con el cuerpo desentumecido, se arrellanaba en su sillón orejero, encendía una pipa de su tabaco favorito, Rotmary, el mismo que fumaba su abuelo y su bisabuelo. Era un buen tabaco, sin duda el mejor. Leía el periódico, El Liberal hasta la hora de comer, números atrasados, amarillentos, de hacía 30 años, pero según Don Melitón no había habido después otro periódico comparable, aquel era el más sobresaliente por su rigor.
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Le gustaba comer y tenía una barriguilla prominente sobre la que descansaba su reloj y, era entonces, cuando se desmadraba un poco, miraba por la ventana, de reojo, para comprobar que ningún vecino pudiera verle, cogía con ahínco las alas de pollo con las manos, limpiándose después del festín en la servilleta de cuadros rojos y blancos que se colocaba a modo de babero para no mancharse.
Satisfecho, oía las noticias de la radio un rato y se volvía a adormecer, conectado a su canal favorito como si fuera una nana. Se despertaba de un modo muy curioso: cogía una tijera y la sujetaba con su mano izquierda, el sonido metálico al chocar con el suelo le hacía regresar de su letargo, clanchk, clanchk. Siempre se decía en voz alta al recobrar la conciencia: “las siestas son buenas, pero en su justa medida”, y su voz grave resonaba en la estancia desnuda. Guardaba muchas cartas de otros tiempos –algunas puede que fueran de amor–, y también fotos antiguas de su bisabuelo, sí, de “Matías, el bienpeinado”, el del mostacho, el que fue marino en la guerra de Cuba.
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Pero realmente lo que le hacía feliz eran sus gatos.
Sus gatos eran tres, cada uno diferente: estaba Rosita, una gatita pequeña y moteada de color blanco y canela, con la colita rota y algo torcida, se la pilló en la puerta trasera de la cochera del señor Ubaldo, el vecino, el que mataba el cerdo en noviembre, los chillidos del animal resonaban en toda la plaza y llegaban hasta la punta de la torre de la iglesia asustando a la cigüeña.
Tarzán, de pelo gris y negro, algo raído en algunas partes debido a sus peleas, desaparecía de tanto en tanto, se iba de gatas, así de claro. Le gustaba saltar por todos los tejados, y rompía las cortinas verdes de crespón de D. Melitón.
Y finalmente Elefanta, era la última en llegar a la casa y la más pequeña, no había crecido mucho. D. Melitón la rescató, había sido envenenada por algún salvaje. La encontró de casualidad en sus paseos por las veredas del pueblo, estaba metida en un saco de arpillera marrón, la pobre maullaba lastimeramente. En casa le dio un purgante y su tripilla se agitó y agitó, abría su boca dejando ver su pequeña lengua rosada hasta que vomitó, vomitó y vomitó.
Aquella noche la pobre Elefanta temblaba a cada rato, y D. Melitón la pasó en vela muy, pero que muy preocupado. Pasaron los meses y D. Melitón se dio cuenta de que Elefanta le seguía por la casa a todas partes, era muy agradecida y también inteligente. Así que un día comenzó a enseñarle a saludar, y a que le diera la patita cuando se lo pedía. Le decía: Elefanta, deme su hermosa patita, damisela, y la gatita se la daba. En esos momentos a D. Melitón, vestido con su albornoz gris oscuro, inclinado ante Elefanta que le miraba coqueta, se le iluminaba la cara de felicidad.
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Todas las noches antes de dormir reunía a sus amigos gatos en la cocina y les daba turrón: Rosita, Tarzán y Elefanta bailaban contentos encima de los platos. Después D. Melitón les hacia una caricia en la barriga, y les deseaba que tuvieran una muy buena noche con luna, y muy buenos sueños gatunos.
D. Melitón tenía tres gatos, los quería tanto que todas las noches les daba turrón, y los gatos bailaban en los platos porque eran muy felices con Don Melitón.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
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Mariíca, Mariíca, ¿dónde están los higadicos que me robaste?
04/11/2017
(versión personalizada)
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Erase una vez un pueblo pequeño y bonito, con una plaza redonda donde había una fuente también redonda de piedra blanca. Allí acudían las palomas a beber todas las mañanas, como no tenían watshapp quedaban allí para charlar.
Era un pueblo que tenía un río, un río que ondulaba entre las huertas y mejanas, llenas de álamos blancos, tamarices, juncos; y de bichos: gusanos de muchos colores, lombrices de todos los tamaños, algunos ciempiés, ranas, y hasta crías de saltamontes. En esa parte del pueblo de tierra rojiza, toda la naturaleza estaba creciendo como las piernas de los chiquillos.
Había una mezcla de colores: rojizo y verde de la tierra y los cultivos de los campos, tonos verdosos de la ribera, y al lado, la cinta de agua del río que se convertía en chocolate cuando llovía mucho, o en un pastel de tonos dorados y anaranjados cuando el sol se hundía en el horizonte, en las tardes de verano.
El olor era muy agradable a agua y a verdín, el olor de la vida del río. No había sirenas, tampoco hacía falta.
En ese bonito y tranquilo pueblo vivía Mariíca. Todas la llamaban así y todos la miraban con cierta pena pues era huérfana y desde los cuatro años vivía con su tía Engracia, que no era precisamente la mujer más simpática o dicharachera del pueblo. La tía, más que mala era amargada, de esas mujeres que tienen pelos en el corazón y pagaba con la pobre niña su soledad, su desesperanza y su desconsuelo.
A Mariíca le gustaba mucho ir a la escuela de Doña Araceli, sobre todo en primavera, cuando podía perderse entre los altares de flores que se colocaban en el mes de María. El olor algo nauseabundo de las dalias, claveles y rosas al marchitarse, le inducía a cambiar su carácter y volverse más rebelde. ¿Por qué el olor de esas flores al morir le transformaba? Era una pregunta que la chica se hacía, pero que no podía contestar, no sabía lo que sucedía en su cabeza. Era como si su interior y su exterior, a veces, no casaran. Tal vez sucedía que el aroma de las dalias le recordaba el olor de la tumba de su madre ya muerta, y le daba por pensar que los huesos de su madre estaban también ahí, en la tumba cavada bien honda en la blanda tierra por la pala de Enrique, el enterrador del pueblo. Tal vez había una rabia dentro de ella misma, junto al corazón o al estómago (no lo sabía, pero en algún sitio estaba), una rebelión enana escondida como el humo de una pequeña hoguera, discreto, pero persistente, que de tanto en tanto enturbiaba su vida.
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Mariíca jugaba a la rayuela, sobre todo con los amigos de la plaza. Tenía una rayuela muy bien dibujada con colores, hasta que la abuela de María Pilar, latiacagaduros, la desdibujó de golpe y la borró para siempre. ¿Cómo?, os preguntaréis. Pues bien, latiacagaduros que estaba algo mayor y mal de la cabeza salió un día de la casa sin que su hija se diese cuenta, le gustaba escaparse, pero como sus pies eran muy lentos casi nunca llegaba más allá de la plaza. Cuando la cogían chillaba y decía: “no me quiero lavar, marranas, marranas, sois peores que los piojos”. Ese día, ante la mirada atónita de las chicas, se arremangó las sayas y se echó una extensa meada en toda la rayuela. Mariíca la miraba atónita, no se lo podía creer… La rayuela apestaba a pis. A Mariíca le afectaban mucho los olores.
Las tardes de verano transcurrían sin más, entre juegos como churro va, la rayuela y otros descubrimientos. Pero a Mariíca le gustaba más el otoño cuando llovía, podía saltar los charcos y, si hacía falta, ponía a modo de mullido papel de periódico en el interior de sus botas de goma para evitar que sus agujereados calcetines se mojaran, su tía le riñera y, finalmente, le castigara en el rincón oscuro de la falsa como solía.
Odiaba la falsa porque olía de un modo extraño a humedad y a polvo, pero no era como el polvo del camino, el olor a tierra, ese sí que le gustaba.
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Le divertía mucho quedar con Juan, su vecino de la plaza, era más pequeño que ella de estatura, las piernas de Mariíca eran largas, aunque Juan tenía una sonrisa más amplia que la suya, y una cara más bonita y más morena, pensaba Mariíca.
Les encantaba jugar a la escoba, y a otros juegos de naipes, siempre tenían barajas o las cogían de la cómoda de la madre de Juan, “la seña” Gloria. Otros días los dedicaban a recoger atrezzos por algunas basuras seleccionadas de las afueras del pueblo, la mejor era la que estaba en la era de D. Daniel, el problema era la doberman que tenían, se llamaba Linda, ese bicho era de todo menos lo que decía su nombre, aún recordaba Mariíca el arañazo que le diera la primavera anterior, ella corría, corría pero al final los fauces de la doberman le alcanzaron.
Muchos objetos que encontraban eran útiles, Mariíca pensaba en la causa de su abandono, los habían arrojado a la basura, eran huérfanos como ella, y los salvaba con convencimiento; con ahínco los metía en un saco de los del campo y los limpiaba en la acequia cercana al palacio del conde (lo del conde y su fantasma os lo contaré otro rato). Después los usaban en los decorados de las funciones de teatro que organizaban Juan y ella para otros chiquillos del vecindario. Según tocara se disfrazaban de chicos o chicas, daba igual, eso les encantaba. Nadie, ninguna persona de más de tres palmos podía asistir ni a los ensayos, ni a las representaciones. Además, en la cochera de Juan había un columpio, hecho por su padre con una rueda de un neumático de tractor, de las grandes, allí cabían casi todos los amigos, era lo más, y su olor, aquel olor mezclado del sudor de Juan, el suyo propio, y el olor de la goma del neumático le hacía olvidar la casa de su tía, el olor de esa casa, de las comidas grasientas de su tía, de su pelo aceitoso y pegado a la cara, y de sus piernas combadas.
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El verano llegaba a su fin y esa tarde Mariíca se sentía algo triste, desde la cocina su tía le gritó:
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-Deja ya los libros, y ve a la tienda de menuceles. Trae una asadura para cenar esta noche.
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No tenían mucho dinero porque eran bastante pobres y esa era la única carne que comían. Mariíca se marchó, pero en el camino sin saber muy bien cómo, perdió la moneda que le había dado su tía.
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Estaba muy asustada, su tía le castigaría en la fría falsa toda la noche, estaba segura. De pronto se acordó de que la tarde anterior había muerto la abuela que le manchara su rayuela con aquel pis que cayó como un surtidor amarillo, salpicando incluso sus sandalias. Dudó mucho, pero algo en su interior le dijo que debía hacerlo. Fue hasta el camposanto, pero al atisbar su tapia blanca, sin sombra alguna que le acompañara, se quedó parada, todo era silencio en derredor, nadie podía verla excepto las ánimas del purgatorio, siempre vigilantes con sus llamas de fuego. Se santiguó con rapidez, y acto seguido se coló por las rendijas de la verja que terminaban en punta igual que las llamas de fuego citadas.
Era delgada, utilizó sus largas piernas a modo de palanca. Ya estaba en el camposanto. Pasó cerca de un nicho, se detuvo curiosa ante la imagen de una chiquilla como ella, en el retrato ovalado y abombado podía leerse: “María Eugenia Martínez Ilarri, 10 años. Tus padres no te olvidan”. Pensaba que todo el camposanto estaba lleno, palmos de tierra más abajo, por decenas y centenas de huesos de rodillas, de brazos, muñecas, codos, tabas como las que usaban para jugar en la plaza, pensaba en la forma en que los gusanos devoraban los tuétanos y cartílagos de antiguas personas compuestas de todos aquellos elementos. Temblaba, levantó la vista buscando algún refugio pero no encontró ningún consuelo. Enfrente, en el pequeño depósito de cemento, a modo de caseta, sobre una especie de altar, tapado con una sábana blanca, divisó el cuerpo macilento de la anciana mujer, pronto la enterrarían. No lo pensó, algo en su interior le señalaba la urgencia de seguir adelante. Usó un palo a modo de cuchillo y abrió una pequeña incisión en el costado, por ese orificio le sacó los "higadicos" y como pudo los envolvió en un papel de estraza que guardaba debajo de la goma de sus bragas. De pronto escuchó: Mariíca, Mariíca sabía que vendrías… Las ánimas de todos los santos parecían cantar a coro: Mariíca, Mariíca sabía que vendrías… Temblaba y casi mojó sus bragas.
La noche le perseguía, regresó del cementerio a grandes zancadas.
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Cuando llegó a su casa, le mostró los menuceles a su tía que enseguida los dispuso en una cazuela para preparar un guiso para la cena. Mariíca dijo que le dolía la barriga, tía no tengo casi hambre, coma usted, yo me voy ya a la cama. Dormían, mejor dicho: dormía la tía, mejor dicho: roncaba la tía. Pero a media noche unas voces atronaron la habitación de Mariíca:
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–Mariíca, Mariíca, ¿dónde están los higadicos que me robaste? La chica creyó que era un sueño. Al ver que la voz repetía la pregunta, la chica le dijo a la tía que dormía junto a ella:
–Tía, ¿Quién será? La tía somnolienta por la pesadez de la cena, contestó:
–Calla, hija, ya se irá.
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Pero la voz continuaba:
–¡No!, no me voy, abriendo la puerta estoy.
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–Tía, ¿Quién será? La tía volvió a decirle:
–Calla, hija, ya se irá.
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Pero la voz proseguía:
–¡No!, no me voy, subiendo el primer peldaño de la escalera estoy.
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La voz seguía y se oía cada vez más cerca:
–Mariíca, Mariíca, ¿dónde están los "higadicos" que me robaste? Y la chica le insistía a la tía que dormía junto a ella sin despertarse:
–Tía, ¿Quién será? La tía volvió a contestarle:
–Calla, hija, ya se irá.
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Pero la voz se aproximaba:
–Mariíca, Mariíca, ¿dónde están los "higadicos" que me robaste? Y la chica le preguntaba a la tía que dormía junto a ella:
–Tía, ¿Quién será? La tía volvió a decirle:
–Calla, hija, ya se irá.
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–¡No!, no me voy, decía la voz susurrante: subiendo el segundo peldaño de la escalera estoy.
–Mariíca, Mariíca, ¿dónde están los "higadicos" que me robaste? –Insistía aquella voz–. La chica le preguntaba a la tía que dormía junto a ella:
–Tía, ¿Quién será? La tía repitió:
–Calla, hija, ya se irá.
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–¡No!, no me voy –decía la voz susurrante–: subiendo el tercer peldaño de la escalera estoy.
–Mariíca, Mariíca, ¿dónde están los "higadicos" que me robaste? Y la chica le preguntaba a la tía que dormía junto a ella:
–Tía, ¿Quién será? La tía volvió a decir:
–Calla, hija, ya se irá.
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Pero la muerta decía:
–¡No!, no me voy, decía con su voz susurrante: entrando a la alcoba estoy…
–Mariíca, Mariíca: dame la asadura que me quitaste de mi sepultura. Y la chica se volvió hacia la tía que dormía junto a ella:
–Tía, ¿Quién será? Y la tía le contestó:
–Calla, hija, ya se irá.
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Pero la muerta dijo:
–¡No!, no me voy. Agarrándote de los pelos estoy.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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