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Conversaciones sobre Las Mil y una noches

  • 25 sept 2017
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 21 ago 2024


Todo comenzó al lado del río Huerva o la Huerba de los antiguos –tal y como lo denominaba antaño su comunidad de regantes–, ahora tristemente transformado en un hilillo de agua que recorre de forma subterránea la ciudad; igual a mis impresiones, similar a la levedad de los surcos dejados por nuestro caminar, aquella noche, en la piel asfáltica de la ciudad.

Tendría que retomar los correos-e en el gmail: correos enviados y recibidos para hablaros con propiedad de esa noche, ¡pero me da tanta pereza!, así que tendréis que excusarme si hoy no soy absolutamente fiel a los hechos que sucedieron y mi relato carece de precisión.

Aquella noche en nuestra deambulación fragmentada, recitábamos en voz alta poesías de los clásicos, tal vez para ahuyentar nuestros miedos. Casi sin darnos cuenta llegamos hasta el banco que hay enfrente del portal de mi casa. Son ya cerca de las cuatro de la madrugada, hace frío, mucho frío.

Permanecimos de pie mirándonos y, en ese preciso instante, se produjo un silencio que nos rodeó como una intensa boira, como si de pronto las palabras se hubieran ido a la cama y nos hubieran dejado huérfanos en medio de un gran vacío blanco.

Teníamos que cruzar a nado el asfalto seco y llegar vivos al otro lado de este páramo urbano, tal vez para nada, o casi nada; o a lo mejor había que olvidar las llaves, el bolso blanco y regresar a ese territorio imaginario para poder seguir a aquellos guerreros itinerantes que buscaban enloquecidos la Inmortalidad a través de los relatos de Borges, como yo exploraba, desesperadamente, esa noche, la inmortalidad a través del amor (Ellos no la encontraron porque el genio del escritor se murió mientras tanto), pensé para mí.

Rodeados tan sólo por el calor del vapor que emitían nuestras palabras, seguimos hablando de libros y de los cuentos que te había enviado por correo-e. También Mary Shelley escribió sobre el amor de un "Mortal Inmortal" –me dices con cierta ingenuidad–. Y Sherezade –contesto yo–. Todos formamos parte de algún relato. ¿Qué te parece si a los cuentos que te envié les pongo por título: Las mil y una noches en Zaragoza? –Sugiero con cierta sorna.

– ¿Qué quieres decir? ¿Acaso somos personajes sin más de esta noche, fragmentos de relatos que se entrecruzan igual a muñecas rusas intercambiadas?, –y lo dices un tanto asustado–. Pero en Las Mil y una noches, ellos, el oyente y el narrador, eran amantes– añades con precisión.

– Sí – afirmo tajante–, ¿y qué? Si me preguntas por esa obra, lo más importante es el título, pero seguro que a ti te gustaría más uno de este tipo: Virgo Potens –contesto con cierta ironía.

– Estás muy extraña esta noche, ¡cuidado Petra!, te puede suceder lo que decía Genet, – matiza él:

”Pero si llevados por su pasión, no reconocen nada y saltan sin darse cuenta en… ¿Quieres decir, en realidad?

¿Y qué? …”

– ¡Realidad! ¿Qué realidad?, –le pregunto–: ¿la tuya o la mía?, la ficción, el deseo, tú y yo, y los cuentos estúpidos que te envié. Si te digo la verdad, me gustaría olvidarlos –añado desesperada, mientras te miro desafiante–. A veces quiero irme a una historia completamente de amor, del amor mas intenso que pueda existir. Y sigo, cada vez más enfadada: en ese romanticismo, si tuviera que elegir a alguien, un personaje central, sería el príncipe Drácula que se reencarna tan solo para poder seguir amando a su amada a través del tiempo, mediante los lazos que se establecen gracias a ese poderoso líquido rojo. Morir de un amor así, de un amor tan intensamente romántico bien merece la pena, ¿o no?; o mejor: no morir, ser inmortal.

El se echó un poco para atrás asustado y se rió: ja, ja, ja. ¡Eres graciosa, Petra!

– Pero, ¿y las historias, esos cuentos, cómo van a funcionar?, –me miras mientras te balanceas, retomas y vuelves a insistir en tus dudas.

– Puede que enlacen por números o por temas, o que los mensajes se unan por la palabra que quedó ayer en la sombra rezagada..., o puede que terminen aquí mismo, –te contesto.

– No te mosquees, –me contestas todavía sonriendo–. ¿Las Mil y una noches en Zaragoza? Bien, eres cabezota. ¿Por qué te gustan tanto?

– ¿Quieres saberlo? Porque me parece que los relatos de Las Mil y una noches nunca morirán –hablo casi para mí y también para él, aunque ahora en voz más alta–: Primero, porque Schahrasad (Serezade) habla, y él, en principio, escucha, ella cuenta..., y su voz enlaza con el pasado y el presente, con lo que otros dijeron o supieron; con los sueños y la imaginación de un pueblo compuesto de amantes, de amados, de cornudos, de vigilantes y vigilados, de burladores y burlados. Aunque todo esto no se pueda resumir solamente así y es muchísimo más complejo –añado–. Segundo, porque a mi modo de ver es una obra muy moderna en su concepción, dada la época. La mujer tiene voz para explicar el mundo que le rodea mediante cuentos. Porque como la Biblia, o el Quijote, o como pocas obras literarias, ésta también es más que un libro, parece compuesto por la Humanidad toda, y yo me tengo que identificar con algo que aprecie. Porque además es un título increíblemente bello y perfecto: Mil noches, indican algo finito, pero a la vez muy amplio: mil, son muchas, pero concretas, solo mil, tienen fin. La magia se produce al añadir “y una noches”, expresa que cada una es algo más que la parte de un conjunto, es esa noche especial, cada noche es sólo esa noche, y a la vez nos envuelve en la idea de infinitud, de inmortalidad: y una, y una, y una noche, y una noche más, noches sin fin.... Finitud e infinitud como el deseo, como el amor. Queremos ser inmortales, sobrevivir al tiempo, prolongarnos en otros, espejos que nos devuelven pedazos de nosotros mismos que ni siquiera habíamos llegado a imaginar.

¿Sherezade o Petra?, al final de la noche no sé quién dijo esto:

– Ese rincón por el que deambulaste es mi pelo, aquella caricia de tus manos es parte ya del mapa de mi piel.

– Y te iré contando... Pero si te contara… Esta noche, y otra noche, las mil y una noches…, tú, te deberías transformarte como pasa en los cuentos, de otro modo no serviría para nada; de otro modo, ¿cómo vas a convertirte en un personaje de “Las Mil y una noches”?

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