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PLIEGOS SUELTOS_49. Solo los muertos se acuerdan de mí.

  • 25 sept 2020
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 21 ago 2024

Varada en mi terraza, solo los muertos se acuerdan de mí.

Interrumpes la quietud de esta tarde soleada, y ya no puedo dejar de recordarte, pienso en ti amargamente: no tendrás claveles en tu tumba, caíste simplemente, y no te pudiste levantar.

Tal vez en alguna otra vida, pero no en esta vida; la tuya, manchada por manos negras que trafican con oscuros venenos que agitan la sangre y rompen el alma de los héroes sedentes, hasta convertirlos en estatuas de sal.

¡No en esta! ¡No!

Y al recordarte, la rabia estalla en mi sangre. ¡Y aún dicen que fue fácil!: verlos morir o enloquecer cuando tienes dieciocho años, apenas cumplidos.

Era el año setenta y ocho, el año en el que me iban a suceder tantas cosas.

Era el año setenta y ocho del siglo ya pasado, el año en que rompiendo el asfalto y la clara línea del horizonte se construían por doquier pisos con azulejos baratos y teselas rutilantes en las fachadas.

Era el año en que todos danzábamos en la misma pasarela de juegos y drogas; algunos saltábamos como ocas veloces y cruzábamos las casillas: "de puentes a puentes", pero había que estar muy atento o te perdías en el hermoso laberinto.


Ahora, varada en mi terraza, solo los muertos se acuerdan de mí.


Tomaste el veneno del áspid cuando viste que no podías eludirlo, lo tomaste y sucumbiste a la oscuridad, viajando a través de los recuerdos en tu cápsula espacial: tú solo, como en la canción de David Bowie, y, desde allí, perdido en el infinito que habitas, me miras: tus ojos dormidos, hibernan detrás de tu casco: Viajando, viajando, viajando como una estrella suelta en el manto de la azul oscuridad.


Ahora, varada en mi terraza, solo los muertos se acuerdan de mí.


Siento que los muertos me reclaman su dolor, y los siento más cerca que a los vivos.

Son ellos los que se acuerdan de mí detrás de las horas apiladas por el Dios del Tiempo. Los correos se agolpan en el servidor y deseo que formen una Torre de Babel para escalarla y gritar desde su cumbre, igual a un ciborg que ahuyenta sus miedos porque no cree en el mañana, porque no entiende las terminaciones de los verbos en futuro:

¡Devolvédmelo!

Jugaríamos a las cartas, beberíamos nuestras birras en la peña, y celebraríamos lo rápidos que éramos los chic@s de pueblo corriendo delante de los "grises", sorteando la humareda de los botes de humo y el silbido obtuso de sus balas de goma; iríamos después de las sofocantes carreras al cine forum en el Rialto, en el barrio San José.


Ahora, varada en mi terraza, solo los muertos se acuerdan de mí.


Chillo a este cielo moribundo, y le pregunto: ¿Por qué me envuelves hoy con tu dolor? ¿Por qué vuelves a mí como si fueras un Inmortal de Borges buscando un hogar, una tierra; tal vez la tierra donde no existe el mal?

Cuando recuerdo tus sandalias de cuero, tu melena dorada que caía ondulada en tus hombros perfectos, tus ojos como los prados verdes que se agitan en la mejana cercana al río, pienso que hubieras sido un magnífico Aquiles, o quién sabe si lo fuiste en alguna otra existencia, pero no en esta.


En esta, no habrá laureles, ni siquiera claveles, para ti.


Herido como un sansebastián setentero, como un mártir aguijoneado por mortíferas jeringuillas, te contemplo, mientras el tiempo se colapsa, y solo estamos tú y yo; me miras cabizbajo cuando te pregunto cómo estás. Y contestas: Ya ves, aquí, dando tumbos, tu voz apenas un susurro.

Estas fueron las últimas palabras que me dijiste en aquel autobús urbano donde te encontré casi moribundo, J. M. (in memoriam).




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