NOCHE_2. Soñamos, soñamos, soñamos que fornicamos
- 3 ago 2019
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 21 ago 2024
Vaya palabritas: la fornicaciónnnnn y los fornicadoressssss.
Al escucharlas me preguntaba si sería el Infierno el lugar donde al parecer todos “esos fornicadoressss” estarían sujetos al eterno "rechinar de dientes".
Pensaréis y ¿de qué va ésta, en este tiempo de sexo cibernético?, pues ya veis... Entonces, en la época de la que os hablo, lo "ciber" o "galáctico" o sutil era un lugar misterioso donde sucedía en sesión continua lo del rechinar de dientes, sin parar, como si todos esos, los condenados por fornicar rayaran con tenedores sus platos de latón con los que iban provistos, derechos hacia el Infierno.
Yo no podía imaginar un sitio peor, aunque si lo pensaba más detenidamente vivíamos instalados en una realidad donde el rechinar de dientes estaba presente “aquí y ahora”, por todas partes. Tal vez por todas las fornicaciones de los seres humanos actuales y precedentes, ¿quién sabe? Tan solo me atrevo a deciros que en ese momento no podía imaginar otro mundo paralelo más horroroso, otro mundo de castigo más odioso que el mencionado.
Claro que yo no tenía ni idea de lo que era fornicar, solo tenía ocho años y medio, y todos los acontecimientos los anudaba siguiendo una lógica aplastante en mi pequeña cabeza de pelos tiesos. Ya entonces trataba de comprender el mundo que me rodeaba y, ya entonces, era consciente también de que los mayores hablaban de forma muy confusa.
Comprendí muy pronto algunas otras cuestiones que, aunque parecían banales, tenían un gran significado hacia mi futuro, más o menos inmediato: nunca podría tener aquellos tirabuzones que lucían otras niñas, no llegaría a ser en la vida lo que denominaban las mujeres entendidas del pueblo “una señorita”, posiblemente tampoco me convertiría en una muñequita, mucho menos en una niña rubia inmaculada, ni siquiera en una fornicadora como María Magdalena, con esa melenaza ondulada y esos ojos de pecadora.
A partir de cierta edad comencé a mirarme en el espejo, a compararme con ella, pues recordaba cada detalle de ese cuadro, de su exuberante fisonomía, de aquella mujer llamada "La Magdalena", cuyo retrato colgaba en la sacristía de la Iglesia del pueblo en la que me adentraba con cualquier excusa, pero NADA.
Mi pelo por mucho que lo intentara era indómito por naturaleza, no había manera de que cogiera una triste onda, y mi pecho lucía tieso como una tabla, sin un ligero abultamiento que me diera alguna señal de esperanza.
– Normal por otra parte, pensaréis–, ¿qué pecho iba a tener una niña a esa edad?
El problema tal vez viniera de mucho antes cuando mi madre, harta de que le diéramos la tabarra, abría la puerta de la casa y, ya cuando salíamos trotando por las escaleras rumbo al espacio abierto de la plaza, soltaba la siguiente frase: “¡Andad y que la Magdalena os guíe!”
Mi madre era así.
La primera vez que lo escuché, pensé que se había vuelto loca, ¿una madalena de comer?, pero cuando vi el cuadro de María Magdalena en la sacristía de la iglesia, el día que mi madre me mandó con las rosquillas para el cura, todo se me hizo claro y evidente de pronto: mi madre debía querer decir algo así como: “id a fornicar”, cosa que si estaba asociada al rechinar de dientes -según luego anunciara el cura en el sermón que acontecía a todos aquellos fornicadores-, pues la verdad me parecía fatal que ella, mi madre, nos indujese de ese modo a eso de la fornicación, fuera lo que fuese aquello, a lo que estaba segura seguiría el rechinar de dientes “en infinito”, según la maldición del párroco del pueblo.
Mi madre era así.
Pero el caso es que para mí lo de fornicar, fornicar, aconteció mucho mas tarde, pero antes habré de contaros los prolegómenos:
Hacía un calor ese verano como solo en estas tierras de Monegros puede llegar a materializarse.
Él nos maldijo para entonces, y para los restos –montes negros–, ahora: –montes blancos–. Montes poblados de benignas sabinas negras, ahora blancos de polvo y soledad anquilosados. Él y sus sueños de creación de un armada infinita que fuera insuperable. ¿A ver si os suena de quién hablo?:
–Necesito una madera fuerte, dura, resistente, para “mi Invencible”. Id y cogedla –ordenó–. Coged de esa tierra de rebeldes, insolentes que osaron levantarse contra mi poder, YO, EL REY, EN CUYOS DOMINIOS NO SE PONE EL SOL. Así serán pasto de ese Sol, de mi Sol por los siglos de los siglos, –sentenció–. Y así fue, aunque eso no lo contaba así en la escuela, Dña Araceli, mi maestra, pero yo lo veía así, aunque no me atrevía a decirlo porque ella era una buena maestra y una buena mujer.
Y se cumplió..., pues aquí, lo parezca o no, todo se paga.
Así que yo era descendiente de “esos”, incluso podría ser de algún morisco fornicador, de los que poblaron estas tierras perdidas, antes negras, repletas de hermosos árboles, de hermosas sabinas; ahora blancas y polvorientas.
Pero volvamos al presente.
Aquella tarde seguía el calor sofocante sin dar tregua, como si la maldición se acentuara más y más cada verano y, a la vez, profundizara mi soledad de casi ya nueve años.
Cansada de rondar yo sola, conmigo misma, por la casa, pues hasta el gato –Tarzán, era su nombre–, harto de verme, se había escapado a no se sabe cuál de sus recovecos del granero, me fui al bar de la BBB, el de la esquina de la plaza.
Entré y, al compás de mi cuerpo, tintinearon todas las tiras de la cortina de chapas en un alegre sonido, que cayó sobre mí como un bautismo extraño.
Como siempre en ese espacio, la tarde se alargaba, los ventiladores zumbaban en el techo, las tiras colgaban con los cadáveres de las moscas muertas y, en corrillos, los jugadores de guiñote parecían piezas de un museo viviente, como si les hubieran indicado donde sentarse y que decir: veinte en bastos…, pero había que decirlo con la entonación y garra suficiente, de otro modo no eras un buen jugador de cartas. Allí estaban cercados por todo aquel humo que los envolvía y los aislaba del exterior.
Yo me fui directamente a la máquina del millón de bolas del fondo, situada en el pasillo junto a los retretes. Pensaba si andaría por allí Juan, o alguno de los amigos de la plaza. Pero a esas horas no había nadie de menos de veinte años en el local, excepto yo misma.
Para refrescarme pedí un polo de limón, de esos de hielo que te dejaban la lengua, los labios, la boca entera adormecida (administraba cuidadosamente mis ahorros que guardaba con celo en mi hucha roja). Al rato, me cansé de la maquinita y sus bolas, pues lo divertido era ver quien hacía más puntos, en definitiva, quién ganaba la partida.
A falta de competidores, decidí volverme para casa. Cuando ya ponía un pie en la puerta, me dijo BBB –asomando su cabeza desde la cocina que daba a la barra–:
– Anda coge la cazadora de tu hermano Pedro que lleva aquí desde Semana Santa. ¡Mira que le he dicho veces que se la lleve, y no hay manera!
Recordé lo que mi madre le decía a mi hermano: si ya de joven eres así, pronto lo que perderás será tu cabeza y entonces, ¿qué harás? A mí no me gustaba que le dijera eso, me imaginaba a mi hermano con un tronco andante en un extraño movimiento robótico, llevando su propia cabeza que acariciaba entre sus manos, igual que decían le ocurrió a San Lamberto, y mi madre se me aparecía al punto como el centurión romano.
Mi madre era así.
Cogí la prenda con desgana y regresé hasta mi casa, la casa del reloj que presidía la plaza, justo enfrente de la iglesia. Al entrar en el patio, sentí el frescor habitual, en su enlosado gris, lugar emblemático donde en las tardes lluviosas de otoño preparábamos nuestras competiciones de carreras de caracoles, y era en este recinto donde, apoyadas en la desconchada pared, aparcábamos nuestras bicicletas. Posiblemente sería allí también el lugar en el que antiguamente estaban los animales de la casa: caballos, yeguas, y tal vez alguna vaca.
Subí hasta la primera planta donde estaban las oficinas de mi padre, ahora la puerta aparecía tristemente cerrada. A veces pasaba simplemente y entraba a darle un beso porque me encantaba verlo en su despacho, rodeado de su gran mesa de trabajo, siempre pulcra, ordenada, con sus plumas y carpetas. Admiraba su apostura: delgado, moreno, con el pelo ensortijado, tan elegante con su corbata siempre bien anudada.
Mi padre me devolvía el beso con una gran sonrisa, abriendo luego el tercer cajón de su escritorio para darme un caramelo, en un ritual ya conocido por ambos. Pero esa semana no estaba, yo sentía su ausencia como un gran vacío. Había tenido que viajar, y por primera vez mi madre se había decidido a acompañarlo.
– Los chicos ya son mayores y Violeta ha crecido de repente, creo que pueden arreglárselas solos una semana. Le pediré a Matilde –era nuestra ama, la mujer del alguacil del pueblo de al lado–, que de vuelta por las mañanas, arregle un poco la casa, y les deje comida preparada. Además aquí todo es muy tranquilo, no tiene por que pasar nada…. Y mi madre siguió, y siguió hablando un montón de rato. Mi padre apenas dijo:
– ¿Y la pequeña Palmira?
– No, ella vendrá con nosotros –zanjó mi madre, casi en un murmullo–. La conversación entre ellos se detuvo suspendida en los recovecos de mi almohada.
Yo lo oí casi todo, pues la habitación de mis padres quedaba pegada a la mía. En ese momento mi cuarto comenzó a flotar en la oscuridad, mi cuerpo también comenzó a flotar en la oscuridad, un gran vacío negro comenzó a posarse a mi alrededor. Una gran tristeza y soledad me invadió al punto, ¡cuánto me hubiera gustado poder llorar! Parecía que era ya lo suficientemente grande para permanecer al cuidado de mis dos hermanos mayores. Parecía que todo estaba perfectamente claro de antemano, por eso ni me inmuté cuando al día siguiente, en el desayuno, mi madre me lo anunció, más o menos con estas palabras:
– Violeta, ya eres toda una mocita, así que este verano por primera vez te quedarás con tus hermanos. Tu padre tiene que ir por ciertos negocios a Barcelona, y ya sabes que allí vive la tía Engracia, la hermana de tu abuela que en paz descanse. Me gustaría tanto hacerle una visita, al fin y al cabo está ya con un pie aquí y otro en los cielos, y es la única familia por parte de mi madre que nos queda.
Y siguió y siguió: bla, bla, bla …, dando diferentes justificaciones que se alargaron durante todo el desayuno, mientras yo miraba el surco del poso blanco que dejaba la leche en el vaso, lo miraba fijamente para concentrar mi mirada en algo real, y no llorar, pues entonces hubiera dejado que un camino imaginario de tristeza se abriera entre nosotras, difícil de salvar.
– Está bien, mamá –contesté apenada.
Mi madre era así.
Aquella noche intenté ver la parte positiva a todo aquel asunto y comencé a planificar todo lo que haría: me iría todos los días con mis hermanos mayores a la piscina, también me quedaría leyendo Las aventuras de xxx hasta que me diera la gana, o viendo las novelas prohibidas de la tele. Pero yo no contaba con que mis hermanos Pedro y José, de veinte y diecisiete años respectivamente, tenían a su vez sus propios planes. José me llevó a la piscina alguna tarde, pero había otras que desaparecía sin dejar rastro o se encerraba herméticamente en su habitación. Yo le gritaba:
– ¡Vamos! ¡Déjame entrar! ¿Quieres decirme por qué te encierras, José? Pero el no me contestaba. Me daba una rabia tremenda, en esos momentos lo odiaba con todas mis fuerzas.
Y Pedro, bueno, el estaba enamorado, yo no podía culparlo. Suponía que estaba igual, igual de colado que los protagonistas de las pelis de la tele, y que como ellos pertenecía ya a otro mundo, en el que pululaban extrañas frases que eran como conjuros. Aquellas frases le habían enganchado a ese espacio inverso que existía de forma paralela, igual al mundo donde vivían los del rechinar de dientes, pero éste repleto de otros sonidos extraños: “no puedo vivir sin ti”, “me partes el alma”, “eres mi vida”… Sonaban igual al vocabulario del programa de la radio que en ocasiones escuchaba mi madre: no hija mía, no debes dejar que tu novio se propase, hazte respetar –decía la docta voz de “la señorita Francis”, a través del pequeño aparato de radio negro, (tiempo después se especularía si era un hombre, tal vez fuera una mujer barbada como la del circo, ¿quién sabe?).
Pero volvamos a esa tarde, la tarde de calor sofocante en que me hallaba perdida en la casa, saliendo después del bar de la Bbb con la cazadora marrón de mi hermano Pedro. El sol iba perdiendo fuerza, se abría con parsimonia el espacio de las tardes largas de verano, en el que las sombras pueblan las paredes haciéndolas mas oblicuas.
En ese momento caminaba azorada cruzando en diagonal la plaza, cuando las chicas mayores me abordaron diciéndome que me fuera con ellas a coger alberges, pero yo les dije que no, que tenía que ir a casa. La verdad era que la última vez no me había parecido tan divertido ir con ellas. Tuve que escuchar sin moverme tres historias a cual más truculenta: la de “la cueva del Sapo”, la de “Marieta resucitada”, que se comía los higadillos de su sobrina, y la del “gato Azul”. Todavía hoy conservaba en la memoria la sensación de masticar los alberges, electrificada ante esos relatos, tanto que los pedazos de la fruta se quedaron atascados por mi garganta, subiendo y bajando. Aún recuerdo la despedida de aquel día:
– Venga, vete ya –me dijo Loreto finalmente–, moviendo al viento su larga coleta rubia.
– Sí, pero voy con vosotras –exclamé suplicante–, pues ya las sombras cubrían de manchas oscuras de las tapias encaladas del camposanto.
– ¡De eso nada! –Me dijo muy seria–, cogiendo su bici y largándose de inmediato, siguiéndole con sus bicis el resto de las chicas dejándome allí abandonada. Yo me quedé muda, sin poder añadir nada más, tan solo acompañada por los muertos que reposaban allí enfrente, al otro lado en el espacio del posible rechinar de dientes. Ese día me meé en las bragas y luego no pude explicarlo a mi madre que se enfadó bastante y me dijo que ya era mayor, que no volviera a suceder, y que pusiera más cuidado.
Así que esta vez no fui tan tonta y no las acompañé. Subía las escaleras con la cazadora de mi hermano Pedro, ensimismada, recordando los relatos del cementerio cuando me percaté que la puerta de la casa estaba abierta, pero no significaba nada, siempre quedaban abiertas las dos puertas que confluían en el rellano. Entré y fui directamente al ala de la casa “la de los chicos”, donde también estaba el cuarto de lavar que siempre olía a jabón y lejía, y el de la plancha que daba a la galería, repleta ésta de macetas.
Pero lo mejor de la casa era la habitación que seguía a continuación, una pieza embaldosada en forma de ajedrez, llamada “de los juegos”, que albergaba cientos de soldaditos para formar decenas de ejércitos diferentes, en la que también había una estantería verde oscura repintada, repleta de libros y más libros, con cajones llenos de puzzles y recortables, muñecas... Igual, igual –según mi madre–, que una leonera.
La casa estaba fresca y las persianas del salón todas bajadas, desde allí crucé al otro pasillo hasta llegar al fondo del corredor donde se encontraba la habitación de Pedro. Abrí la puerta, y me quedé paralizada, en la penumbra dos cuerpos se mecían al mismo ritmo acompasados, besándose y estrujándose apasionadamente. Giraban en torno de sí mismos, abstraídos en un carrusel de placer, ajenos completamente a nada que no fueran ellos mismos, hasta tal punto estaban en otra parte que pude observarles durante unos segundos sin que ellos se percatasen de nada.
Salí cerrando suavemente la puerta, bajé las viejas escaleras de madera y azulejos con mucho cuidado para no tropezar. A la altura de la segunda planta, donde se encontraban las oficinas de mi padre, la luz lateral que se filtraba en escorzo desde la claraboya irradió mi cabeza, despidiendo un turbador haz de rayos azulados a mi alrededor. Yo me sentí aturdida, traspasada por esa luminosidad, como si todo mi cuerpo fuera de papel. Comencé a levitar, mi cuerpo subía, subía, era ligero como espuma suave, algodonosa, inmaterial, ¿iría al infierno directamente pues al fin sabía lo que era fornicar? ¿Me esperaba a partir de ahora el rechinar de dientes para toda la eternidad?
Tras ese primer momento de pánico atroz, entendí por fin qué era fornicar, y llegué a la conclusión de que tal vez mereciera la pena, pues de verdad no sentí nada infernal cuando los contemplaba, tampoco parecía que ellos lo sintieran, no oí el rechinar de dientes esperado; tan solo inundó mi cabeza la belleza de unos cuerpos juveniles ensimismados en su propio Paraíso engendrado, girando a toda velocidad, llenándolo todo en un torbellino de placer, como si fueran partícipes de una primera creación.
Estaba claro que mi madre se había vuelto a equivocar: ¡No había rechinar de dientes para los fornicadores!






















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