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NOCHE_4. Sí, así era___________________________

  • 19 oct 2017
  • 18 Min. de lectura

Actualizado: 21 ago 2024


– Sí, así era –me dijo tranquilamente–, y amplió sus manos dejando entre ellas una considerable distancia.

– ¿No fastidies?, –exclamé–, abriendo los ojos asustada.

– Sí –confirmó tajante–, y me la metió hasta adentro.

Podía esperar cualquier comentario de Esperanza, pero no me había hecho a la idea de que esa tarde, en el parque, a la salida del colegio, fuera a decirme eso.

La miré incrédula, a pesar de mi confianza ciega en su franqueza, pues tenía la certeza de que Esperanza siempre me decía exactamente lo que pensaba sin ningún tipo de filtro, ni preámbulo, ni adorno, ni nada que acompañase a la verdad en su total descarnamiento, tal cual las cosas habían sucedido en su mundo, así relataba a continuación los acontecimientos.

– Estás fatal, ese vestido que llevas es horroroso, lo vi la otra tarde que iba dando vueltas, estaba en la tienda del barrio de la avenida, ¿o son las botas lo que no te pega con el tono del vestido?, es que no aciertas, ¿para qué te pones botas?, estás hoy fatal, ya te lo he dicho, ¿verdad?, –remataba para confirmarlo, por si no te había quedado suficientemente claro–. Cuando creía que ya te lo había largado todo, seguía impasible con lo que estuviera comiendo, bebiendo o fumando.

Todavía hoy me hace gracia la forma tan curiosa en que nos conocimos.

Estábamos de reformas en la parcela de la calle Oviedo, donde vivíamos desde principios de año. Ya faltaba poco, pero llevábamos así más de seis meses, sin poder llegar a rematar ese poco sempiterno.

En realidad vivíamos en una especie de estado provisional que se había instalado en nuestras vidas, en tanto y cuanto no terminaran la habitación de la casa más apreciaba por mi madre: el baño.

Todo estaba acabado con cierto esmero, a excepción del dichoso baño que se había atascado como consecuencia de que el estado de las tuberías era peor de lo esperado.

Así que tras muchas dudas y caras agrias de mi progenitora, la familia en su conjunto hubo de aceptar que habría que levantar otra vez los azulejos, repicar la pared, cambiar las tuberías por otras nuevas en buen estado, volver a alicatar…, así hasta que todo quedase PERFECTO, tal y como ella deseaba.

Yo pensaba si a lo mejor mi madre disfrutaba con el vaivén de la casa patas arriba, albañiles por aquí y por allá subiendo sacos de cemento, el olor de la cal inundando la parcela entera, tal vez todo ese jaleo le hacía recuperar parte del dinamismo de su juventud.

Pero esa mañana para nuestra propia sorpresa algo sucedió que vino a romper el nudo gordiano de los acontecimientos.

Un camión de gran formato se subió a la acera entre los pinos para poder descargar con mayor facilidad, pues la calle era demasiado estrecha para poder hacerlo de otro modo. Una vez encajonado, salieron de allí como del toril dos gruesos hombres con mono que bajaron con gran soltura una enorme caja fuertemente embalada. Había llegado por fin la esperada bañera jacuzzi que mi madre había elegido por catálogo, casi con devoción, meses antes.

Era tanta la urgencia que ella sentía por ver completada “su obra” que rogó a los albañiles que vinieran aquel domingo a trabajar, anunciándoles que les pagaría lo que le pidiesen, no importaba, “lo que digan, lo que digan....”. Tanto y tanto insistió e imploró que finalmente consiguió que al día siguiente aquellos hombres trabajaran desde primera hora de la mañana, consiguiendo que a mediodía la enorme bañera estuviera ya perfectamente enclaustrada en su sitio, como si se tratara del altar de la capilla mayor del templo del rey Salomón.

¡Por fin! suspiramos todos para nuestros adentros, mirándonos en silencio durante la cena, ¡al fin mi madre se sentía feliz después de tanto tiempo! ¡Era su preciosa bañera!

Para alivio general, todo parecía en calma al día siguiente. Mi madre andaba atareada en la parte de arriba de la casa canturreando gozosa mientras recogía todo, cuando uno de los albañiles que ya se iba con su petate al hombro, subió presuroso a decirle algo extraño, algo así como que había una joven en el baño. Ella le miró incrédula, ¿qué decía este hombre que pasaba en su bañera? Era su parcela, su casa, su cuarto de baño, ¿qué hacía una mujer dentro de su todavía inexplorada bañera?

– ¿En mi bañera? –Repitió desconcertada.

– Sí, señora, hay una mujer desnuda envuelta en pompas de jabón, es más, casi no se la ve entre tanta espuma –aseguró el joven albañil intentando eludir la posible inesperada bronca.

En esos momentos yo estaba en mi dormitorio encima de la cama, leyendo libros de terror (los estaba agotando aquel verano, no solo los de la librería de casa, también las de los padres de otros amigos), pero me sorprendió mucho más que los crímenes de la calle Morgue, lo de la mujer ajena en la bañera de mi madre, así que como había oído toda la conversación salí a ver qué pasaba allí afuera.

Bajó mi progenitora a toda velocidad por las escaleras, tan acelerada iba que casi se mata en un traspiés, yo la seguí tan rápido como pude aunque no podía darle alcance.

Efectivamente, en la bañera aparecía inmersa una chica más delgada que yo, con unos pechos puntiagudos, emergiendo de una montaña de espuma blanca. Si tuviera que decir algo sobre ella, diría que se la veía feliz chapoteando y canturreando en el agua.

–Puede saberse ¿quién eres? –Chilló mi madre fuera de control.

– Soy su vecina –Le contestó la chica tan tranquila.

– ¡Sal de ahí ahora mismo! –Gritó, sofocada, mi madre.

– No sé quién eres, ni cómo te llamas, pero no tienes ningún respeto –terminó mi madre, mirándola horrorizada.

La situación de tensión que se produjo era conmovedora, mi madre casi lloraba de desconsuelo ante la intrusa. La joven, ante sus gritos, tan sólo se había erguido un poco, dejando su espléndido torso al descubierto, mientras nos lanzaba una resplandeciente sonrisa de gozo, mejor una sonrisa de voluptuosidad, igual que si fuera una diosa del amor emergiendo en todo su esplendor.

Yo que estaba en el vano de la puerta observándolo todo, por encima del hombro de mi progenitora, no pude evitar soltar una carcajada ante lo absurdo de la situación –para cabreo de mi madre que se giró con la cara enrojecida hacia mí–, y casi me fulmina con su mirada llena de odio y desesperación.

Ella, la intrépida joven, siguió como si nada, ajena al desconcierto general que había provocado. Al poco, se incorporó por completo como una Venus saliendo de su concha, mirándonos fijamente a una y a otra, para decirnos casi seguido, a modo de disculpa: “solo quería saber si era más grande o menos que la mía”, como si fuera lo mas natural del mundo meterse en las bañeras de vecinos a los que ni siquiera conoces.

Me hizo tanta gracia que, a partir de ese día y, a pesar de tratarse de una persona tan rara, fuimos amigas inseparables, para gran disgusto de mi madre.

–Mira a ese, sí, a ese –me decía Esperanza señalando, sin ningún pudor, en nuestros paseos por el vecindario–: Tiene pelos así de largos en el corazón. En general ¿sabes?, casi todos los hombres tienen pelos en el corazón, unos más largos que otros.

Así eran nuestros "merodeos" por el barrio y el tono de las afirmaciones de mi nueva amiga. Decía cosas como ésas y otras por el estilo para hablarte de un vecino que engañaba a su mujer... Pero lo cierto era que Esperanza se conocía todos los recovecos del barrio, a todas sus gentes por sus nombres y apellidos; en definitiva, nada de lo que pasara entre aquellas calles le resultaba ajeno.

La tarde de su declaración: Sí, así era___________________ después del parque, nos fuimos con el secreto compartido a mi casa, a mi habitación, esperando a que se pasara un poco el calor para marcharnos luego un rato a la piscina, que se encontraba cerca del parque sindical.

No se por qué, a partir de su revelación yo también comencé a sentirme rara, a lo largo de toda la noche siguiente me venía a la cabeza de un modo ampliado los ojos desorbitados de Esperanza, y sus manos aleteando a mi alrededor inundaban mi habitación en un movimiento continuo, como si no tuviera fin:

Sí, así era___________________.

Tal vez fueran los espacios en blanco lo que me inquietaban, hubiera deseado preguntarle mas detalles acerca de todo aquello, pero traté de contenerme porque sabía que no podía dudar de ella. Si dudaba de Esperanza, ¿a quién creería? Nadie era tan claro como ella, nadie tan espontáneo, aunque era cierto que explicación, explicación, no me había dado ninguna concreta: si era para ella su primera vez (yo deduje que sí, por el tono de sus ojos que se enrojecieron de pronto), si había sentido placer o dolor; tampoco conocía la secuencia de los acontecimientos, como pasaba en las novelas que devoraba atentamente: ¿cómo había empezado todo?, ¿qué le había dicho el chico?, ¿dónde habían ido?, ¿habían hablado de algo después?, ¿se habían vuelto a ver?, ¿cuánto había durado?, ¿quién era él?, y lo mas importante ¿le había gustado a ella?

Todas aquellas preguntas revoloteaban chocando contra el espejo de mi habitación, rebotaban en la puerta, luego en la mesilla, chocaban con mi almohada y volvían a introducirse en mi cabeza, tratando de imaginar quién era el chico, ¿y si no era un chico, y si era uno de esos que tenían “pelos en el corazón”? Seguramente nunca lo sabría con total claridad, pues Esperanza no volvió a hablar de aquel asunto nunca más, supongo que ella dio por sentado que todo había quedado suficientemente claro y explicado.

Tampoco me atreví a cuestionar su historia, aunque es cierto que con el tiempo llegué a pensar si sería una fantasía, pero en realidad ¿qué más daba? Yo era su amiga y hasta mi madre se había rendido finalmente a la evidencia de que aquella extraña joven, que un buen día apareció, así como así, sumergida en su preciosa bañera, iba a vivir con nosotros, si no a tiempo completo, digamos a tiempo parcial, ocupando un papel importante en nuestras vidas.

Petra

Visión de Esperanza

¡Jo tía!, aquella tarde de calor sofocante me encontré con JJJ en la esquina del bar XXX. El chico me miraba fijamente apostado en la pared, como si fuera un cromo pegado a ella. Allí estaba con las manos en los bolsillos, la verdad que parecía un poco pamemo, solo eso es lo que pensé en ese momento.

Luego inesperadamente cruzó la calle, vino hasta mi y me preguntó que donde iba a esas horas, por ahí, con ese calor. Lo primero que le dije fue que a él que le importaba, yo no lo conocía, bueno si, de vista, así que le contesté que no lo sabía, pero que así hacía siempre, me gustaba mirar los escaparates de las tiendas del barrio, también observar sus calles, sus casas; cualquier detalle me interesaba: si habían puesto un cartel nuevo, o si el bar de la esquina había pasado a manos de los chinos, si se habían instalado unos rumanos que se dedicaban a arreglar bicicletas en la casa abandonada camino del vado, o si se alquilaba el apartamento tan coqueto de la plaza –la remodelada de hormigón–, según el patrón establecido desde la reurbanización, acaecida en los tiempos de la recién inaugurada democracia.

Yo conocía todos los repliegues de aquel territorio como las rayas de mi mano, o mejor como las cicatrices de mis rodillas: la acequia que intentaron tapar sin éxito, el árbol donde meaban todos los perros de la redolada, y que antes de secarse se partió en dos haciéndose el harakiri en la última tormenta en otoño. Tal vez estos pequeños detalles o hallazgos no tuvieran valor alguno para el conjunto de “mutantes” que me rodeaban, pero yo los consideraba tesoros de primera magnitud, más que cualquier otra información, regla de tres, la ley de Boyle y Mariot de la que os hablaré luego, o más bien, os hablarán las siguientes protagonistas: las hermanas Coterone; averiguar si Cristóbal Colón era aragonés o mujer, o una mujer aragonesa, o no se qué decir…, yo lo que si me preguntaba era como pretendían todos esos ilusos que pululaban a mi alrededor entender cuestiones como la OTAN, la ONU, y todas esas siglas de las cosas importantes, –según ellos–, si no sabían nada de nada de lo inmediato, del espacio que, igual a una segunda piel, les rodeaba desde que nacieron: su barrio.

Así que después de hablarle de este modo y aclararle mi punto de vista, seguí andando a lo largo de la calle rebotando de tienda en tienda hasta alcanzar “el escaparate” en mi ritual peregrinatorio diario. Obsesionada como estaba por averiguar qué habría cambiado desde el último día, qué productos serían nuevos, y sobre todo si seguirían aquellas maniquíes, ¡eran sin duda las mejores de todo el barrio! No podía explicar porque me apasionaban tanto sus ojos de cristal, su boca roja entreabierta sin descanso...

Por el rabillo del ojo comprobé que el chico me seguía a cierta distancia, aunque terminó por aproximarse un tanto, como en el juego del chocolate inglés: lento pero seguro, quedándose a tan solo un metro más o menos de mi cuerpo. Miraba como poseído, observando absorto mi silueta flotante en medio del vestido veraniego de flores amarillas, mi figura devuelta a la realidad exterior, ligeramente desvaída por el cristal del límpido escaparate.

–Eres un poco rara –me dijo–. Yo noté su aliento en la parte de atrás de mi cuello, en la unión con la nuca noté su calor húmedo, pero seguí inmutable contemplando la desnudez extraña de aquellas muñecas gigantes que agitaban mi interior con su sola presencia material. Súbitamente, al mirar a los ojos muertos de aquellos seres inertes comprendí que, por alguna curiosa razón, mi destino se hallaba, en cierta forma, ligado a ese ser vivo que quería pegarse a mi, y al que yo reconocía ahora en aquellos trazos entrevistos en el ondulante reflejo del cristal (su camisa de rayas, sus vaqueros rotos mezclándose con los del rótulo de la tienda, su pelo rojizo, en suma: la imagen del chico recompuesta en su totalidad).

Con cierto escalofrío comprobé como mi imagen reverberaba en la luna transparente y también en las pupilas brumosas del muchacho, desnudas por aquel calor.

Me giré para decirle:

–Bueno, ya que te empeñas, te contaré más cosas: me gusta salir a hacer “mis pesquisas” cuando no hay nadie, a horas intempestivas, al anochecer cuando reina la casi total oscuridad, tan solo atenuada por la luz artificial de las tiendas.

–¡Eh!, no pongas esa cara, me atraen sus focos, como si fuera una luciérnaga. Los maniquíes de plástico, allí dentro, me miran con cierta ternura, mientras observo sus ojos de vidrio artificial y su sonrisa expectante. Está claro que me esperan a mi o a alguien, porque si yo no los visitase, si yo no los mirase seguirían allí esperando a NADIE. Me apasionan sus ojos que parecen estar permanentemente dormidos, ausentes, compartiendo un sueño que solo ellos conocen. Son igual a líneas paralelas a través de las que filtran un mundo en tres dimensiones que parece no va a caberles dentro. De algún modo me recuerdan a los lagartos que capturábamos en la infancia, su mirada absorta, sin evolucionar, vestigio de otra época, de otros mundos...

El chico pareció inquietarse un tanto con el derrotero de mi conversación. Como él no decía nada, yo continué hablando, pero en realidad, ¿me dirigía al chico, o más bien al maniquí que tenía enfrente?

–También me gusta salir a la hora de comer, ¿sabes?, aunque es totalmente diferente, con la quietud del sol, suspendido allí arriba, parece que un gran ojo amarillo te fuera a hipnotizar. En ese momento la intensidad de la luz es tal que diluye los contornos a mi alrededor, la inmediatez de las calles de cemento se funde convirtiéndose en un chicle gigante en el que podría quedar atrapada, imagino todo eso y, me veo dentro del escaparate, transformada en un maniquí más con ojos de vidrio. No sé cómo explicártelo... Es de una soledad pavorosa que me asusta y me atrae a la vez.

El solo me dijo: ¿pero estás locaaaa, con este calor? El era así de realista.

–Pues con el calor es mejor –le dije yo–, no hay nadie que te empuje, que te mire las tetas a través de los cristales como haces tú ahora mismo. Me ponen mala, oye, ¡que se vayan todos a masturbarse a sus casas!

–No te pongas así –farfulló el chico, mirándome con cara asustada–, y su cara redonda se contrajo curiosamente hacia la verticalidad.

–Vamos a algún sitio, tengo una especie de cabaña en la margen izquierda del río que te va a gustar, seguro que no lo conoces y es también parte del barrio–, y sin más, a modo de colofón, me agarró con fuerza de la mano.

–Bien –le dije yo–, pero suelta, me gusta andar yo solita, además me tendrás que enseñar algo especialmente bueno porque a mi lo que me apasiona, como ya te he dicho, es el barrio de verdad, con sus casas, sus gentes, no los alrededores salvajes donde todo es verde y no pasa nada. También me gusta ir al cine a comer palomitas, ir de tiendas me divierte y comer helados, pero nada tiene comparación con deambular a mi antojo por las calles del barrio.

De pronto no pude evitar volverme para mirarle con detenimiento. Espera un momento –le dije–: ¿Tú no serás de los que tienen pelos en el corazón, verdad?

–Bueno –contestó él tan tranquilo, sin entender nada de nada, con su cara otra vez redonda pancha–, lo que verás seguro que te sorprenderá enormemente.

–¿De qué me estaba hablando este tío? ¡Vaya! ¡Otro engreído!, –pensé–. ¡Ah, sí!, seguro que me hablaba de “su cosa”, es de lo que más les gusta hablar a los chicos –me dije–. Le informé de que no sabía la causa pero finalmente había decidido a acompañarlo.

Fuimos hasta las afueras del barrio, donde las calles comenzaban a diluirse perdiéndose en la distancia por algún enigmático encantamiento. Aquí y allí comenzaban a aparecer casitas bajas con aspecto de viviendas de pueblo, con sus macetas en las ventanas de reja, y su parte de atrás de corral, (se trataba de antiguas vaquerías, según me contó mi abuela), mezclándose de forma absurda con pisos de ladrillo beige de altura de más de doce plantas, sin relieve, sin vida. El contraste era sobrecogedor. Este barrio era así.

A lo lejos se divisaba el río, todavía apenas como un hilo perdido, pero ya se podía notar el olor de la humedad y el aroma tan especial del verdín almacenado a sus orillas. Y encima, sobre nuestras cabezas, se veía la estructura de hierro de uno de los puentes más emblemáticos de la ciudad.

A la cabaña se accedía por un corredor lateral, justo por debajo de este puente, llamado puente de hierro, pero al que se le conocía popularmente también como “puente de las putas”, (su nombre venía porque por allí transitaban las furcias del barrio cuando antiguamente se retiraban al otro lado de la ciudad, todas los años por Semana Santa).

Ahí abajo el mundo parecía transmutado. Había un camino de juncos y tamarices que parecía infranqueable, pero solo era en apariencia, pues se iba abriendo a nuestro paso con fluidez inusitada. Bajamos y fuimos avanzando un trecho, hasta que casi a ras del suelo pude ver una pequeña hendidura oscura y húmeda entre la espesa vegetación.

–Entra –me dijo–. La verdad que era escueto este chico –pensé.

Una vez dentro, la cueva vegetal me pareció original y más grande de lo que nadie hubiera imaginado a simple vista, aunque lo que dije fue que olía demasiado a humedad, tanto, tanto, que resultaba sofocante. El, nada, tan solo pronunció una especie de hummmm, y siguió a lo suyo, se quitó su camiseta de tirantes blanca y me mostró el tatuaje que llevaba en su espalda, era uno de dragones, se ve que hacía artes marciales.

–Tengo otro más abajo –me dijo ufano–. ¿Más abajo?, –exclamé–. Sí –continuó–, y si lo miras atentamente verás que no es mentira lo que te prometí. Parecía que se animaba con lo del tatuaje –me dije para mis adentros–. A mi me daba igual, lo que quería era ir al cine después de todo aquello y que me invitara a un helado porque los chicos siempre habían tenido cabañas desde el principio de los tiempos, ¡no era ninguna novedad!

Al poco se bajó los vaqueros, después los calzoncillos y enseguida me mostró su instrumento que lucía ya completamente erguido. Era tremendo, ¡eso era cierto!, yo lo miraba y miraba, él como si nada, yo seguía allí de pie inmóvil observando sus movimientos; comenzó a pasarla por mi vestido amarillo, luego ya se atrevió a ir hacia mis piernas entreabiertas, y así siguió mientras me desabrochaba los botones de mi vestido con brusquedad.

–Por favor, por favor, espera –le supliqué–, yo tenía la intención de que el terminara con otra lo que había empezado conmigo.

Pero nos fuimos conociendo “carnalmente” como dicen los pasajes de la biblia pero solamente nos limitábamos a jugueteos. Así pasaron más días de la cuenta en los que nos encontrábamos espontáneamente en la cabaña, yo iba cuando quería hasta que me fui familiarizando con aquel instrumento y sus dimensiones.

Pero aquella tarde de fines de verano el chico me dijo que no podía aguantar más, y sin preámbulos me cogió con sus dos manazas y me arrancó las bragas de un estirón. Yo cerré los ojos, no quise ni mirarla, porque aunque ya la había contemplado atentamente en las jornadas anteriores, tenía la sensación de que cada vez era más grande, como si hubiera crecido desde nuestro último encuentro. Pensé: “ahora me muero”, sin embargo por extraño que parezca tras un suave empujón aquello se acomodó a mi interior como si le perteneciera, y curiosamente no me dolió en absoluto, sino que aquel aparato se ajustó igual a un guante que en invierno te calienta la mano sin oprimírtela.

Estuvimos disfrutando un buen rato. Cuando todo terminó, salimos al exterior, los oblicuos rayos de sol que se filtraban entre la vegetación producían irisaciones en su pelo rojizo, dándole por un momento un aire de alguien especial, algo que realmente no era en realidad. La magia duró apenas un segundo ya cuando él se giró improvisadamente hacia mí para ver si le seguía, pensé: ¿qué puedo decirle? Tal vez nada. Pasó un rato, un instante apenas en que todavía nuestras miradas permanecieron silenciosamente unidas, después continué andando por la angosta vereda de tamarices y juncos, siguiendo la huella de sus pasos a cierta distancia. Cuando el desembocó casi en el cemento, se detuvo, gritaba algo y me llamaba con la mano. Yo miraba como se alejaba su silueta de forma irremediable, pues a cada paso que el daba, yo, por el contrario, procuraba retrasarme, dejando cada vez mas hueco entre nosotros, hasta que solo creí ver a lo lejos el reflejo de su hermoso cabello. Riéndome con fuerza, con mi mano en alto le indiqué que se marchara, que yo volvería por mi cuenta, quería estar sola, quería vagabundear, perderme, tal vez mojar mis pies en el río.

La luz iba cambiando proporcionando tonos irreales a todo el espacio denso que me rodeaba, me parecía estar a kilómetros de distancia de mi entorno natural, perdida en un mundo imaginario, verde, desconocido hasta entonces para mi. Atisbé la margen del río como una cinta ondulante que se movía despacio a su capricho, busqué con la vista una piedra grande y me senté cerca de la orilla a disfrutar a solas del momento, consciente de la inmanencia de aquel paisaje, como si aquel mundo líquido lo acabasen de poner ahí, a mis pies, para mi sola.

Poco a poco fui recuperando la realidad inmediata, la tarde caía mientras dibujaba con el dedo gordo de mi pie sensuales incisiones y figuras imaginarias en aquella agua oscura. Al rato comencé a sentir el frescor en mis pies mojados, se estaba haciendo tarde, debía regresar. Me sequé como pude y me coloqué mis sandalias blancas. Me sentía pletórica, orgullosa, mientras pensaba: “no se lo creerán”, me daba la impresión de que esto no se lo iba a poder contar a nadie, si acaso a los adormecidos maniquíes de los escaparates del barrio.

Entonces me entraron ganas de bañarme entera, sumergirme totalmente en aquel agua que hasta hacía un poco transcurría cosquilleante entre mis pies, pero decían que aquel tramo del río era muy peligroso, que tenía remolinos que nadie conocía y se comentaba que uno de ellos estaba conectado directamente con el inframundo; también afirmaban que esa era la causa de que edificaran allí la basílica sagrada con el fin de taponar una salida de los infiernos, eso decía Juan, con ojos de visionario como si fuera un San Elías, o cualquier otro profeta de esos de la Biblia –Juan era mi vecino el pecoso, con el que había ido a la escuela desde los tres años–. Yo todas aquellas afirmaciones no las tenía tan claras, aunque me daba cierta angustia solo de pensarlo, imaginar que por allí, por ese agujero de agua pudieran salir “los seres del rechinar de dientes”, o quien sabe cuáles otros.

Quería bañarme ansiosamente, pero me fastidiaba terminar en el cuarto de baño pequeño y envejecido de mi casa, así que, di con la gran solución a la inmediatez de mis deseos. A medida que iba tomando forma la idea en mi cabeza me iba pareciendo que era la mejor posible. Consistía en darme una gran fiesta con un gran baño, celebrándolo en una bañera en condiciones, rebosante de agua caliente y de espuma, y para ello, ¿qué mejor que la de la vecina de las obras de enfrente, en la calle Guadalajara?, de algo servía conocer el barrio como tus propias bragas –pensé–. Al punto me entusiasmé con la idea, y ya no podía parar. Ese día donde todo era grande, por seguir la lógica de los acontecimientos necesitaba una bañera también de iguales dimensiones, en la que pudiera disfrutar a mi antojo.

Volví por el llamado “camino del vado” y giré por donde daba la vuelta el autobús hasta alcanzar el pequeño parque limítrofe a la zona de las parcelas, la verdad que el kiosco depositado en medio como si fuera un ovni abandonado lucía desconchado, abotargado por el intenso calor que salía de todos los poros del suelo de tierra parda que le rodeaba. Llegué a la parcela 21, enfrente del gran pino, siempre me había gustado esa casa aún cuando luciera medio derruida antes de la reforma. No lo dudé ni un segundo, la ventana estaba abierta –ya lo sabía–, conocía las costumbres de todos y cada uno de los habitantes de aquella vivienda. Me metí y comencé a soltar pausadamente el agua que corría a borbotones chocando alegremente en los bordes de la bañera, arrojé la ropa al suelo presurosa, no quería perder ni un segundo. Al poco ya estaba refrescando mis pantorrillas, mis nalgas, mi cintura, mis pechos, por fin todo mi cuerpo se hallaba sumergido en aquel agradable líquido, solo mis cabellos ondulados y negros flotaban como si fuera una medusa.

Cuando estaba disfrutando dentro del agua, rememorando todo lo que había sucedido en la cabaña, cuando estaba en lo mejor de todo –ya había llegado al momento en que por fin había culminado mi obra–, apareció la loca esa chillando con los ojos desorbitados.

Lo primero que pensé fue que igual también a ella le había metido “la cola” el Fernando, era así como se llamaba el joven; ¡yo que sé!, fíate de las madres, no tienen pelos en el corazón pero ... ¡Y como chillaba la tía!, más que yo, aunque no era para tanto, no se porque se tenía que poner así, tampoco le estaba robando nada, ni había sangre, ni nada, como me había pasado a mí. Pero yo, yo si que tenía motivos para enfadarme, en ese momento estaba en el éxtasis de los éxtasis y era triste, muy triste, salir de ese modo imprevisto de aquella acogedora bañera….

Finalmente no todo fue horrible, pues no podía quedar de este modo tan absurdo el fin de esta historia. El consuelo me llegó de aquellos ojos que observaban atentamente todo desde detrás, mucho más serenos, aquellos ojos verdosos, tan hermosos y tan divertidos, mirándome y riéndose de toda la escena. Supe enseguida que tú no tenías pelos en el corazón, y al punto me di cuenta de que serías mi amiga para siempre y que todo, a partir de entonces, lo compartiríamos con la fórmula de la “bipartición”, ¿a qué suena bien esta palabra de mi cosecha?

Esperanza

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