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PLIEGOS SUELTOS_22 In memoriam de mi "yaya" María

  • 1 abr 2018
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 21 ago 2024


Mi abuela María canturreaba, o mejor hablaba sola, mientras pasaba el cedazo para tamizar la harina a la que luego le daría la forma de un hermoso pan blanco:

"A una mujer sola hasta los perros se le vuelven, hasta los perros...", repetía como un sonsonete.

Mi abuela María, la de los ojos achinados, vestía de negro.

Poco ha cambiado.

Yo visto de colores, pero en reuniones de trabajo, los ¿"Colegas"? En la familia, los ¿"Hermanos"?

... ¡Los perros siguen ladrando, abuela! Y las manos que los azuzan son manos blancas, surcadas de pequeñas venas, manos blandas que nunca amasarán pan, son las manos de las Acólitas: halagan, conspiran.

Miro asustada sus largos pelos negros que salen de su corazón amarillo.

Tranquila mi niña -me dice la yaya-: la luz del sol que nos muestra la belleza selvática del río, la imaginación que envuelve el "TODO" con un gran lazo que nos permite unir lo que queramos, eso, las Acólitas, seres de despojos, no lo van a poder arrancar de nuestro corazón.

La yaya María


 
 
 

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